Diario de León

TRIBUNA

Nos han hecho Leoneses del Año

Publicado por
LUIS ALGORRI
León

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PONGÁMONOS de acuerdo, antes que nada, en la manera de llamarlo. La mayoría de ustedes lo conocerán por Don Samuel, ambas con mayúscula, que para eso es canónigo catedralicio. In extenso , habría que hablar de don Samuel Rubio Álvarez, canónigo -ya dije- y Maestro de Capilla de la Catedral de León. No sé, de verdad, qué tratamiento le corresponde según su dignidad eclesiástica. Eminencia Reverendísima sé que no es, aunque muchos se lo merecen menos que él. Ilustrísima, tampoco: eso es el obispo, el buen don Julián. ¿Su Reverencia? ¿Su Paternidad? ¿Su Excelsa Semicorchea con Puntillo? Pues no lo sé¿ Pero sus amigos, los que le queremos tantísimo y desde hace tantos años, lo llamamos Donsa. Apócope de «Don Samuel». Donsa. Le viene ese cariñoso apodo como un traje a medida. Déjenme que lo use, porque estoy feliz: a Donsa le hicieron Leonés del Año y ahí, si hay permiso de la autoridad (y si no lo hay me da exactamente igual), entramos muchos. Es tradición. Siempre que a Donsa le colaban los curas, por su condición de compañero de trabajo, en cualquier sitio, fuese el Baptisterio de Siena o fuese la Cámara del Tesoro de la Catedral de Toledo, él se las arreglaba para que, bajo la protección de su seductora sonrisa, nos colásemos cincuenta más, y sin pagar. Esta no va a ser una excepción. Ustedes, leoneses de tronío y prosapia que integran el Jurado, han otorgado a nuestro Donsa el título egregio de Leonés del Año. Permítanme que les diga que han apuntado mal. En ese título nos colamos, de rondón y sin poner un duro, cincuenta, o cien, o quinientos, o mil y pico, Dios sabe cuántos, que debemos a Donsa, desde hace casi veinticinco años, lo mejor de lo que somos, de lo que fuimos, de lo que aprendimos, de lo que sentimos, de lo que amamos. Lo mejor de lo que vivimos. Con nuestro Donsa, leoneses del año somos todos nosotros. A ver quién nos echa, coño. Señores del Jurado: ante ustedes, quizá a pesar de ustedes, se cuelan en la sala, gateando por debajo de los faldones del solemne macero municipal, los cientos y cientos de chavales a quienes Donsa nos cambió la vida. Somos las huestes del Coro Universitario de León. Somos los críos de la infamantemente extinta Schola Cantorum. Somos los niños del CHF. Somos la gente del Conservatorio. Somos los veteranos de los cursos musicales de La Vecilla, de donde han salido espléndidos músicos que hoy triunfan allá donde van. Somos los miles de jóvenes: estudiantes, profesores, alumnos de todos los centros, espontáneos y canijos sin graduación que alguna vez, en algún momento de su vida, se tropezaron con Donsa, y se deslumbraron con su irrepetible entusiasmo, con su cegador amor por la música, con su asombrosa vitalidad, con su contagiosa alegría, con su inmensa sabiduría que él transmite a quienes se le acercan -somos muchísimos, miles, ya digo, señores del Jurado- como si eso fuera lo más natural del mundo. Donsa nos cambió la vida, señores y señoras del Jurado. Así, como suena. Donsa nos sometió a un terremoto vital, a una experiencia única, a algo que no se olvida jamás: cantar en un coro. Y cantar en un coro con él , que era una deflagración, pura energía, la fe incomprensible que mueve montañas, el tipo capaz de sacar música de las más sordas piedras: Donsa es un ciclón, una fuerza de la Naturalez a, un tipo -por lo mismo- hipersensible, necesitado de amor, necesitado de besos y cariños. Yo he visto con mis ojos, señores del Jurado, cómo Donsa rompía a patada limpia tres sólidos bancos de recia madera, uno tras otro, en tres años; porque las primeras generaciones del Coro Universitario éramos tan brutos que no conseguíamos clavarnos en el alma el ritmo de Jacob Arcadelt, o del más fácil Haendel, o del mismísimo Monteverdi (tan delicado y tan contrapuntístico), sin que Donsa marcase el compás literalmente a coces, destrozando el mobiliario de la abnegada Universidad con tal de que a aquellos burros se nos entrometiese en lo más profundo del alma cómo había que cantar. Pero yo también he visto llorar a Donsa dirigiendo el coro, ya maduro, magnífico, espléndido gracias a él. Ese coro fue (¿volverá a ser?) la obra de su vida. Edificó un instrumento musical impresionante. Y nunca, nunca lo hizo tan bien como aquella noche de Semana Santa, cuando el Officium de Tomás Luis de Victoria sonaba en la Catedral, y el coro se transía, el coro se multiplicaba, se desmedía, se volcaba en una interpretación inolvidable, única, insuperable para siempre; el coro entero, todos los cantantes, desgranaban la más indecible belleza con el corazón apretado en un puño, porque a Donsa, que dirigía casi a oscuras, en la tremenda tiniebla de la Catedral, el estremecedor Caligaverunt de Victoria, se le acababa de morir su madre, y sus lágrimas caían como goterones de dolor vivo y candente sobre las losas de la catedral. Las lágrimas de la gente del coro, que no dejó de cantar ni un solo segundo, se fundían en el suelo con las de Donsa, que dirigía llorando y a sangre viva, que dirigía como no va a volver a dirigir más en toda su vida, porque lo que el coro cantaba era puro dolor, el más terrible dolor que nadie pueda sentir: y nuestro Donsa lo estaba tranformando, a lágrima herida, en música... Fue uno de los momentos más altos de la historia del coro. Y de nuestra propia historia, de nuestra vida. Nunca supe bien cómo separar lo uno de lo otro. Señores del Jurado: yo he visto a Donsa hecho una puñetera mierda, llorando como un crío ante su plato de sopa, destrozado, indefenso, después de que su coro (el mío) la cagase soberanamente en un concurso europeo¿ que al final acabamos ganando, en Cuenca, el «Europa Cantat» de 1984, y ahí Donsa, después del triunfal concierto final, el inolvidable y laboriosísimo Ich lasse dich nicht , de Bach, parecía Ricky Martin: besado, sobado, lameteado, casi literalmente desnudado (aquello fue memorable) por un coro enloquecido de felicidad que lo idolatraba, que lo quería sin límites, que lo amaba a conciencia porque todos sabíamos que era como nosotros, que era uno de los nuestros: tan inseguro, tan apasionado, tan tierno, tan dulce, tan golfo (si se terciaba) y, esto desde luego, el más sabio y más luminoso de todos nosotros. Donsa nos hizo como somos hoy, en la medida en que hoy seamos buenos. Era él quien nos enseñaba, nos contaba cómo había que conocer y que sentir la música y luego, cuando todos lo mirábamos ya pasmados, cuando todos poníamos una cara de gansos que daba risa vernos, decía (nunca olvidaré los cursos de La Vecilla): «Bien, ahora vamos a poner todo esto en práctica¿ ¡A ver! Tenores, bajos, sopranos, contraltos¿ ¿Notas? Fa Mayor¿ ¡Y ún, dos, tres, cuát¿» Dios mío, cómo cantábamos. Cómo nos enseñaba. Cómo sonaba aquello. Cómo nos hacía reventar de gloria. Cómo lo queríamos. ¡Cómo lo queríamos entonces! Señores del Jurado, a mí me parece muy bien y muy pertinente y muy agradable que le otorguen ustedes su prestigiosísimo premio a Donsa, digo, a don Samuel Rubio Álvarez. Pero, créanme, no lo necesita. Donsa no es leonés de este año: lo es de muchísimos años y de muchísimas personas en cuya alma él derrama, a calderos y durante toda su vida, la alegría, la sencillez, el apasionamiento, la dulzura y, esto sobre todo, el desmedido amor por la música. Donsa, y esto es lo más importante de todo, ha hecho que muchísimas personas que tenemos la suerte de conocerlo seamos hoy mucho mejores de como seríamos sin él. Nos cambió la vida. Nos hizo buena gente. Este guapo chaval de Fasgar es uno de los poquísimos tipos que hacen que la vida merezca la pena de ser vivida. Enhorabuena, amigo y maestro. Te queda muy bien ese premio. Pero ya sabes tú que el mejor premio somos nosotros. Los que te queremos porque nos enseñaste tanto y nos empujaste a ser como somos hoy. Gracias, Donsa. Gracias siempre. Ich lasse dich nich, du segnest mich Denn . Yo no te dejo, tú me bendic es.

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