DESDE LA CORTE
Rajoy se erige en guardián
HA PASADO lo de siempre: los votantes socialistas habrán quedado encantados con Zapatero. Anunció todo lo que tenía que anunciar, con la única excepción de la fecha del 30 de junio. Ninguno le puede decir: «nos has fallado, José Luis». Ni siquiera los homosexuales. Los votantes del PP han quedado, sencillamente, entusiasmados. Vieron un Rajoy suave en la forma, pero duro en el contenido, irónico y brillante. Un gran oponente con el Estado, con «su» Estado, en la cabeza. ¿Y este cronista? Este cronista sintió un sabor agridulce. Me han gustado los dos. Zapatero, porque se ha mostrado valiente, incluso osado, en sus reformas y en su tono de respeto a todos los partidos. No le doy importancia a su falta de concreción. Un debate de investidura sirve para señalar un marco. No hay por qué hacer ni un calendario ni un detalle exacto de contenidos. Especialmente, cuando las reformas propuestas requieren un gran consenso. Rajoy, porque ha sido el reflejo de la llamada «derecha sin complejos». Se podrá discrepar de sus ideas; pero es coherente en sus planteamientos y exigencias. Muestra convicciones firmes, pero no es radical. Tiene muy localizados los riesgos de cualquier aproximación a los nacionalismos. Y sabe muy bien hasta dónde puede ceder cuando llegue el momento de los acuerdos. Y en este punto es justamente donde Zapatero tendrá su mayor dificultad. Sus más ambiciosas aspiraciones -reformas de la Constitución y los Estatutos-tropezarán con un PP que ayer mostró sus intenciones: se convertirá en guardián de esas normas. Cuando hablaron los nacionalistas, mostraron tal distancia del PP en sus aspiraciones, que he terminado el día con la impresión de que Zapatero se dispone a liderar una «misión imposible». La única esperanza de éxito de su ambicioso reformismo es que la voluntad confesada de diálogo «hasta la extenuación» dé mejores resultados que la imposición he hemos visto hasta ahora. Lo mejor del debate entre los «dos grandes» ha sido, sin duda, el final desde sus escaños. Ha sido tan florentino, tan educado y de buenas palabras, que, después de escuchado, siento la tentación de escribir que podemos dar por terminada la crispación. Como dijo un locutor de radio, sólo les faltó darse un beso. Como personas, se pueden entender. Como responsables de fuerzas políticas distintas, se interpone entre ellos un entendimiento del Estado tan diferente, que se darán la mano, pero nunca un voto.