EN BLANCO
A la trena
VIVIR se ha puesto al rojo vivo, y no sólo porque Sandokán Acebes se haya erizado hasta llegar al insulto personal, en un intento de tapar cosas tan feas como que ciertos confidentes pagados por la policía española participasen, de una u otra forma, en el cataclismo del 11-M. Sólo es un peón más en el tablero de convulsiones, estafas y apaleamientos varios que ofrece ahora mismo el país. Si empezamos por la ensalada de golpes que recibieron en Santas Martas los ediles promotores de una moción de censura en 2001, con el leonesista Joaquín Otero a la cabeza, las coartadas presentadas por los acusados podrían entrar en una antología de la literatura jurídica. En un intento de justificar su presencia en aquel violento torbellino donde se atentó gravemente contra la paz y el mobiliario, uno dice que pateó a las víctimas porque «estaban quitando el dinero de las cartillas con el recibo de la basura». Más madera; otro asegura que sólo estaba allí de fiesta, tocando el tambor, mientras que el último abrió su corazón ante el juez y, con esas cosas de niño que dice la verdad, confesó: «Yo quería salir en la televisión». Un argumento supremo y definitivo, contra el que nadie en su sano juicio podría oponerse. También ha sido en León donde unos individuos naturales de Camerún estafaron 138.000 euros a una pareja de empresarios autóctonos, con el llamado método de los «billetes tintados». El truco del almendruco consistía, al menos eso les vendieron, en duplicar el número de billetes legales mediante un misterioso proceso químico. En otras palabras, gracias a unos negritos que aseguraban hacer fuegos artificiales con tres cerillas, los incautos creyeron escontrar las minas del rey Salomón. Uno no puede evitar la sonrisa ante los manejos de estos timadores de la vieja escuela, al fin y al cabo miserables como Dios manda.