Diario de León
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FEDERICO ABASCAL
León

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CADA país tiene sus querencias políticas o sus inclinaciones geoestratégicas. Esas querencias o esas inclinaciones se ven modificadas frecuentemente por la lidia de la Historia. Después de su etapa imperial, España osciló entre el aislacionismo y Francia, que hasta el siglo XX era la opción europea. A la muerte de Franco, y hasta el prólogo de la guerra de Irak, la política española jugó la carta de Europa. La ley del péndulo, accionada por cierta objetividad analítica, habría desplazado súbitamente en España la querencia atlantista del ex presidente Aznar hacia la prioridad europea, articulando nuestra política exterior en torno al eje francoalemán. Pero las querencias persisten, y así vimos ayer cómo, mientras el presidente Zapatero hacía en Roma política europea, Aznar viajaba por Estados Unidos a la espera de ser recibido el próximo martes en la Casa Blanca por George Bush. Ayer pareció cerrada en el Congreso la aventura iraquí del anterior Gobierno. Faltaba una votación parlamentaria que apoyase la repatriación de los soldados españoles enviados a Irak, y se votó por amplia mayoría a favor de esa decisión. Una segunda lectura del voto mayoritario o una interpretación retrospectiva del mismo indicarían el rechazo de la cámara al envío de nuestras tropas, decisión personal del ex presidente Aznar. Y el panel del Congreso habría registrado la abstención de tres diputados «populares». El Gobierno socialista va a cuidar con esmero las relaciones de España con Estados Unidos, pieza esencial, aunque no prioritaria, de nuestra política exterior. Pero la buena marcha de esas relaciones parece aconsejar un cierto distanciamiento, que no debería ser de lejanía respecto a la mayor potencia mundial sino de la cada vez más cuestionada afinidad a la que llegó nuestra diplomacia con la Administración republicana de Bush. Desde una visión objetiva, y no personal/emocional del conflicto iraquí, podría ser más eficaz la colaboración española a alguna solución del problema. Parece acelerarse la vuelta a casa de nuestros soldados, y cuando el último de ellos salga de Irak habría terminado una etapa crispada e insuficientemente explicada de nuestra política exterior. La querencia europea sitúa a nuestro país en terrenos más cómodos para afrontar la lídia de la Historia. Todo lo que sucede en Irak inspira en una mayoría de países tanta preocupación como rechazo. No se trata ya de que Internet y el Pentágono guarden nada celosamente fotografías aún más espeluznantes que las hasta ahora conocidas sobre la tortura infligida a prisioneros iraquíes; se trataría de que a la comunidad internacional le fuera permitido por Washington, sin decisiones ambiguas, ayudar a la solución del problema internacional más delicado y candente de las últimas décadas, con su potencial onda expansiva. Y España podría colaborar más eficazmente desde fuera que dentro de Irak a vislumbrar en las Naciones Unidas alguna salida a un conflicto que se enrarece de día en día. ADA

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