Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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RESULTA asombrosa la hipocresía española con respecto a cualquier afectado, y suele ser para bastante tiempo, por ese trance definitivo calificado por el poeta como «el desaire de la muerte». De inmediato, casi sin tiempo a dar tierra al cadáver, comienza a extenderse una leyenda de santidad y bonhomía en torno al desaparecido que, desgraciadamente, poco tiene que ver con la realidad. Y da igual que se trate del Santo Padre o de un sinvergüenza capaz de robarle el aparcamiento a un minusválido. Ello viene a cuento a propósito del finado Jesús Gil y Gil, y tal y tal, un hombre de morro fuerte y estética bellotera, llegado al mundo del fútbol en busca de atajos para satisfacer ambiciones y vanidades personales. Con el desbocado trapío de un Mihura escaló a la presidencia del Atlético de Madrid, un club eternamente acomplejado por el lustre y poderío de su odiado vecino de Chamartín, emprendiendo acto seguido una gestión populista y bastante oscura en el aspecto económico, cuyo objetivo final, digámoslo así, era la victoria total y definitiva de la aldea sobre el rascacielos. No nos engañemos; su deporte favorito consistía en el beneficio máximo, como prueba el listado de almas cándidas estafadas en el reguero de especulaciones inmobiliarias protagonizadas por un personaje que nadaba en el deshonor y los juzgados como pez en el agua. Auténtico experto en el virus del ladrillo corrupto, sólo hay que recordar su paso a lo Atila por la alcaldía de Marbella y las urbanizaciones que se le cayeron al primer soplo de viento, matando por casualidad a algunos de los vecinos. Lo más piadoso que podemos decir de Gil es que se trataba de un hombre con muchas luces y pocas letras, pero en absoluto la madre Teresa de Calcuta que nos quieren vender ahora. A no ser que el caballo «Imperioso» diga lo contrario, claro.

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