TRIBUNA
Poesía (diálogo de locos)
«POETAS del mundo, uníos. Parias de la literatura, monos de la retórica, bobos de la poética, uníos. Pintores del misterio, escultores del silencio del alma, atletas de la espiritualidad, uníos. Taumaturgos de la palabra, transmisores de sueños, mineros de sal de la tierra, uníos. Burócratas del verso, creadores del camino y del vuelo, anacoretas santos, adoradores de todos los dioses uníos. Dinamiteros de la vulgaridad, carcomas de la falsía, debeladores de la mala conciencia, acercaos esta noche al fuego a ver si nos entendemos mejor. Es la hora de la batalla. Es preciso hacer saber al mundo que no se puede respirar sino en las delicadas cimas de un poema. Hay que levantar nubes de versos y hacerlos caer en forma de lluvia sobre los campos estériles del alma, pues eso es el espíritu santo. Es preciso dar a conocer al mundo que no hay agua manantial sino la que brota del poema. Tiene que aprender que sólo en el ciborio sagrado del poema está el alimento que nutre el espíritu y que sin él no hay más que anemia espiritual. Asaltad el Congreso de los Diputeríos, el Senado de los Castratti, el púlpito de los Corruptores de la pureza moral, de los falsificadores de la divinidad y allí leed un poema y luego marchaos, antes de que os apedreen. Entrad en las empresas, en las fábricas, en los cuarteles y los juzgados, en las iglesias, las instituciones educativas, en los medios de comunicación y en la barbarie de las inmobiliarias: leed un poema y marchaos antes que os detenga la policía. Ya sabéis que allá donde vayáis iréis tras una huella ensangrentada, tras las plumas de unas alas de piedad heridas de infinito. Poetas, os está reservado la sagrada, la imposible y divina misión educadora de la juventud. No dejéis que en las aulas vuelva a entrar, ni la idea del éxito, ni la del dinero, la idea miserable de la riqueza, pues no hay otra riqueza que la del...» Así hablaba uno loco en la calle de Ordoño, uno domingo de lluvia en el que la gente estaba en su hogar, emocionada, rezando una larga y muda oración ante su dios: la tele. Me acerqué y vi que en su barba cana temblaban unas gotas de lluvia y, en sus ojos, chispas de alguna estrella a punto de extinción. --Amigo mío -le dije-, la poca gente que pasea bajo el orballo no te escucha. Mira, admira, se ríe y pasa. Si quieres un buen consejo, vete tú también a ver tu programa preferido trufado de anuncios de consumo para deficientes. Todo se ha perdido. El mundo está sordo mudo y atontado. Los artistas se arriman al poder y al presupuesto. Los poetas andan tras el éxito como prostitutas. Los periodistas se hacen novelistas buscando el pequeño prestigio que deja el último fulgor del arte; los pintores se dedican a la mamarrachada y al graffiti, los escultores se han vuelto soldadores de lo que ellos mismos llaman abstracción para ponerse a cubierto de la crítica. Fatigado el loco calló un instante y yo le dije: -Vete amigo a tu casa y descansa tu cabeza en el regazo tierno de tu mujer. Pero antes, dime: ¿también tú, como Diógenes llevas ese farol encendido en pleno día buscando un hombre? Si es así no te canses no quedan hombres, sólo miserables remedos de hombre. Pero el loco me miró con una fuerza que llegó a asustarme: -No busco un hombre, busco algo más, busco un poeta. ¿Acaso crees que no me doy cuenta de que en estos tiempos de miseria no puede haber poesía? Y sin embargo, ¿no sabes que sólo donde está la poesía, están las fuentes manantiales, los prados amenos y el sagrado maná que nos permitiría vivir? Pregunto a gritos, sí. ¿Dónde están los poesías, a qué desconocida región del planeta han emigrado como una bandada de estrellas acobardadas por el amanecer más horrible? Si todos los dioses mueren y parece que sí, ¿cómo podría la poesía sobrevivir a esa muerte? ¿Qué se puede cantar si la belleza no tiene soporte trascendente? En ese momento sonreí y el loco entendió mal mi sonrisa. -No sonrías, mentecatome dijo con tristeza- ya me doy cuenta que los poetas que nos quedan cantan el cuerpo y que el cuerpo es el único resto de lo divino, pero lo que cantan ¿puede llamarse poesía? Escucha un instante esos versos llenos de la pesadez carnal. ¿En qué se diferencian de la vulgaridad carnal del más carnal y encanallado de los hombres de la cotidianidad, del más sórdido programa de telebasura? Unos cantan sus aventuras miserables con compañeras de pluma, otros cantan la pretendida alegría del alcohol, otros se esfuerzan en amplificar las alegrías del hachís y de la cama con sus amigos o amigas, otros... pero dónde encontrarás un grito de espanto por lo que ocurre, dónde un tanto desesperanzado ante lo que amenaza, dónde el espantable grito de dolor por el dolor del mundo? No queda esperanza en el mundo. Sólo los poetas deberían devolvernos alguna gana de vivir. Por eso pregunto, invoco, pero no espero respuesta porque no la hay. He llegado tarde y hablo para poetas de hace cien años, para los queridos poetas muertos, porque su voz no se ha extinguido todavía. A ellos invoco con mis gritos pidiéndoles que tengan ya su segundo adviento. Cuando el loco terminó su discurso los pocos espectadores que lo escuchábamos admirados, nos fuimos retirando. Uno se barrenaba despectivamente la sien, otro se marchaba riendo por discurso tan incomprensible, otros en fin se retiraban con absoluta indiferencia, hacia el consuelo dominical de su iglesia. Yo me quedé mirando al loco que se alejaba hacia la plaza de Guzmán, el otro loco de bronce. Con la luz de la tarde, la linterna que el demente colgó a su espalda fue apagándose. Yo me fui silencioso, pensando que quizá en el camino se me ocurriera algún verso salvador. Pero yo no soy poeta y, por eso, decidí entrar en una cafetería y tomarme mi caña dominguera. En cada sorbo sorbí la amargura de la soledad y la desesperación del mundo.