SOMOS LEGIÓN
Falta utopía en la aventura europea
ANTES y después de las elecciones y europeas, los partidos políticos han demostrado sin sonrojo que están mucho más preocupados por preservar sus domésticas parcelas de poder que por los asuntos europeos y su influencia en los ciudadanos. Por lo visto, se trataba de hacer una faena de alivio en la arena de las urnas europeas después de rezar frente a la capillita: «virgencita que me quede como estoy». A la vista de esta realidad no es extraño que la playa y la montaña fueran finalmente los destinos de una gran parte de potenciales electores. Si a eso se añade, en nuestro caso, la tensión y el cansancio acumulados por las pasadas y recientes elecciones generales y, digámoslo todo, un porcentaje nada desdeñable de irresponsabilidad por parte del electorado -especialmente llamativo y difícilmente justificable en países como Polonia- se completa el cuadro que diseñaría, a trazos gruesos, el lamentable cuadro de la hiperabstención. Ha faltado para capacidad para entusiasmar. La aventura europea necesita un punto de limpia y generosa utopía que sirva de banderín de enganche de los más jóvenes. Que tantos jóvenes miraran para otro lado en estos comicios es algo que debería preocupar en el seno de los partidos, tan ensimismados en las políticas del día a día y en la defensa de los territorios ganados al contrario, que corren el peligro de desconectar definitivamente con esa marea de gentes, llenas de sana energía, capaces de inventar caminos inéditos y decididamente solidarios en el camino de las construcción europea. Se echan de menos esos estallidos de ilusión y esperanza que acompañaron los primeros pasos de la unidad europea. Ahora, mañana mismo, querrán vender a la parroquia europea las bondades de la Constitución pero la sensación que existe es que el proceso constituyente de la Carta Magna europea se ha hecho a hurtadillas de los ciudadanos. Se diría que la alta política comunitaria no fuera para sencillos mortales. En fin. O no ponemos atención o no lo saben explicar. El caso es que el visto bueno a la Constitución va a nacer lastrado con la descorazonadora indiferencia de más de la mitad de los europeos.