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RAFAEL TORRES
León

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ESPAÑA TIENE una mala suerte proverbial. Cuando al término de la segunda guerra mundial se derrotó al nazi-fascismo, arrojándolo a las simas de los malos sueños de la Humanidad, en nuestro país sobrevivió aún durante décadas, imprimiendo a fuego su huella siniestra en el alma y en la vida de sucesivas generaciones. Si la política y la convivencia habían sido difíciles, siempre difíciles, en España, cuya historia es una dura sucesión de hambres, guerras, pérdidas e infortunios, el franquismo exacerbó hasta los extremos más delirantes esa vieja compulsión de violencias y enfrentamientos, abismando la distancia entre unos españoles y otros e inhabilitándonos, en consecuencia, para todo sueño, tarea o esfuerzo no sectario, sino comunal. Ahora bien; cuando concluidos los cuarenta años ominosos parecía que un nuevo ciclo más cívico y relajado cuajaba, he aquí que pasó a ocuparse de la gobernación de España un hombre lleno de complejos y de oscuridad que tornó a imbuirnos en los asuntos del mal rollo: Aznar. Como alma en pena, pero contaminando al prójimo, ha retornado ese político al que los españoles, por mayoría y en elecciones libres, retiraron hace unos meses su confianza, por mucho que quien se presentó a los comicios era un simple sosias apadrinado y designado por él. Y ha retornado, como no podía ser de otra manera, para descalificar, para abroncarnos, para escindirnos, para reintroducir en la vida pública, que sin él había recobrado algo de normalidad, la crispación, la dureza y el desprecio a la voluntad popular. Mesiánico, con escasa resonancia emocional y aún menor capacidad para asimilar la frustración, el político derrotado por sí mismo deambula insomne por su laberinto, un laberinto en el que quisiera, según se aprecia, volver a sumirnos a los demás.

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