Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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CANELA fina, así está resultando el verano leonés si nos referimos al apartado estrictamente musical. Primero fue el gran B.B. King quien encendió la mecha de un artefacto emotivo entre el público, llegando hasta la fibra más íntima de los 4.000 o 5.000 espectadores que acudimos al León Arena para disfrutar con un tipo risueño que bien merecida tiene el aura de semidiós entre los devotos del blues y la música negra tradicional. Ahora es el turno de Bob Dylan, ese juglar urbano erigido en abanderado de la cultura de la disidencia y que ya forma parte de acervo colectivo más selecto del recién finiquitado siglo XX. Llegado a la cúspide de la fama en la década de los 60, época de cambios enloquecidos en la que el sueño americano quedaría reducido a cenizas debido al magnicidio de Kennedy y a la desastrosa guerra de Vietnam, por cierto tan estúpida e injusta como la actual de Irak, pertenecía a una generación de cantautores empeñados en pasar a limpio los temores y obsesiones colectivas. Si su compañero Woody Guthrie lucía en la guitarra el célebre lema «esta máquina mata fascistas», Bob Dylan afirmó a los cuatro vientos que los tiempos estaban cambiando, en una demostración palmaria que si se usa con ciertas precauciones, la verdad nunca hace daño. Todo un estallido de imaginación y conciencia a flor de piel, auténtico salvoconducto que le ha garantizado un lugar de privilegio en el selecto panteón de los compositores distinguidos por la magia de la excepción. Y así sigue cuatro décadas más tarde, materializando su desazón y haciendo morder el polvo al dogmatismo de lo políticamente correcto. Una flecha que señala en la dirección correcta, pues en realidad no se trata de hacer saltar el tapón, sino de agitar la botella.

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