EL MES de agosto, ya virtualmente concluido, ha tenido un perfil político delgado y unos titulares de escaso relieve informativo. De ahí, sin duda, el revuelo montado a cuenta de las desafortunadas fotos de las ministras posando como modelos en La Moncloa. Ahora, incorporados ya casi todos, comenzando por ZP, a sus despachos, se inicia un período complicado, lleno sin duda de obstáculos y controversias. Porque, la verdad, lo menos que se puede decir de este verano, tan anodino desde el punto de vista informativo, es que no ha sido demasiado bueno, ni para el Gobierno ni para la oposición. Sobre todo, para el primero. El retorno nos encuentra con una huelga de grúas, con una espantosa confusión acerca de cómo se piensa regular en el futuro el tremendo problema de la inmigración ilegal y con un inminente Consejo de Ministros, que inaugura el nuevo período político, que incorpora algunas iniciativas preocupantes: ahí está ese Plan Nacional de Derechos de Emisión, alumbrado por Medio Ambiente, que propone desde el pago de peajes para entrar en determinadas ciudades hasta la obligatoriedad para las empresas de más de doscientos trabajadores de facilitarles transporte a los respectivos centros de trabajo. Claramente un plan poco meditado y sin duda nada coordinado ni con Tráfico ni con otros ministerios, instituciones y departamentos afectados. El primer discurso público de Zapatero, antes de abandonar la isla de Menorca donde ha consumido sus vacaciones, fue algo decepcionante: su alusión a medidas que acaben con la mentalidad
de algunos ha sido prácticamente todo lo que ha quedado de un poco cuidado mensaje. Y el presidente del Gobierno debe saber, a estas alturas, que cada palabra suya se analiza hasta el último detalle por todos y cada uno de los afectados por todas y cada una de sus futuras decisiones, es decir, por todos y cada uno de los españoles. La impresión de que la coordinación es escasa, al menos a la hora de lanzar mensajes, aumenta entre la ciudadanía. Y no debe pensar el presidente del Gobierno, cuyo capital político sigue siendo muy grande, que por el hecho de haber ganado en las urnas ya queda justificado todo cuanto hagan él y sus ministros. No, no ha habido mensajes ilusionantes, ni verdaderamente nuevos, este verano. Si exceptuamos, claro, algunas de las citadas contradicciones y generalidades en lo referente a la regulación de la inmigración. O a todos esos planes sobre aumento de las limitaciones de velocidad, peajes urbanos y establecimiento de más limitaciones para el vehículo privado. El Ejecutivo habrá de hacer un esfuerzo de explicación de todas estas cuestiones, tan polémicas, en los próximos días. Rajoy no ha sido capaz de controlar el ímpetu de Manuel Fraga a la hora de anunciar, aún no de manera oficial, que se presentará a una nueva reelección, lo que, si gana las elecciones autonómicas, situaría a Don Manuel en la presidencia de la Xunta con 83 años. El ruido de ambiciones precongresales en el PP ha sido, igualmente, excesivo, con el alcalde de Madrid claramente postulándose en solitario y manteniendo una pelea ni siquiera ya soterrada con la presidenta de la Comunidad, Esperanza Aguirre. Encerrado en su Galicia natal y bajo la amplia sombra fraguiana, Rajoy no ha sido capaz de salir a responder puntualmente, e incluso contraatacar, ante los fallos del Gobierno; le han faltado reflejos e ideas. Parece estar más pendiente de lo que hace Aznar que de lo que hace Zapatero. Claro que, ahora que hablamos de Aznar, ambos, socialistas y populares, son rehenes del otro. Porque acaso el único punto acerca del que ambos han conversado este verano sea la manera de deshacerse cuanto antes de la comisión parlamentaria de investigación del 11-M, cuya fecha de reanudación se acerca, peligrosa. Y se trata, ya lo intuimos, de que ni el ex presidente, ni nadie más, comparezca ya ante una comisión cuyas conclusiones casi tienen redactadas ya los dos grandes.