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EL MES de agosto, ya virtualmente concluido, ha tenido un perfil político delgado y unos titulares de escaso relieve informativo. De ahí, sin duda, el revuelo montado a cuenta de las desafortunadas fotos de las ministras posando como modelos en La Moncloa. Ahora, incorporados ya casi todos, comenzando por ZP, a sus despachos, se inicia un período complicado, lleno sin duda de obstáculos y controversias. Porque, la verdad, lo menos que se puede decir de este verano, tan anodino desde el punto de vista informativo, es que no ha sido demasiado bueno, ni para el Gobierno ni para la oposición. Sobre todo, para el primero. El retorno nos encuentra con una huelga de grúas, con una espantosa confusión acerca de cómo se piensa regular en el futuro el tremendo problema de la inmigración ilegal y con un inminente Consejo de Ministros, que inaugura el nuevo período político, que incorpora algunas iniciativas preocupantes: ahí está ese Plan Nacional de Derechos de Emisión, alumbrado por Medio Ambiente, que propone desde el pago de peajes para entrar en determinadas ciudades hasta la obligatoriedad para las empresas de más de doscientos trabajadores de facilitarles transporte a los respectivos centros de trabajo. Claramente un plan poco meditado y sin duda nada coordinado ni con Tráfico ni con otros ministerios, instituciones y departamentos afectados. El primer discurso público de Zapatero, antes de abandonar la isla de Menorca donde ha consumido sus vacaciones, fue algo decepcionante: su alusión a medidas que acaben con la mentalidad

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