FRONTERIZOS
La fiesta
ES UN RITO que señala el principio del fin de las vacaciones en Ponferrada. Es una señal que nos avisa sobre el cercano término de la amable tranquilidad del calor, que nos advierte del regreso a la cotidiana murga política. Inevitablemente, como al verano le sigue el otoño, el equipo gobernante de la ciudad presenta oficialmente a finales de agosto el programa de las fiestas de la Encina, acto al que inmediatamente le sucede la valoración crítica de su contenido por parte de la oposición. Debe ser así desde el principio de los tiempos y ni siquiera el poder de la Virgen de la Encina puede evitarlo. Está escrito: Edipo se saca los ojos, a Sísifo se le cae la roca al llegar a la cima y la oposición ponferradina, sea ésta del grupo que sea, critica a finales de agosto el programa de fiestas elaborado por el gobierno, sea éste del grupo que sea. Y el ruido, claro, no nos deja oír. Y de esta forma no nos enteramos de que la fiesta ha acabado antes incluso de que empiece. Aquí y en todas partes. La fiesta era algo extraordinario, es decir, fuera de lo ordinario. La fiesta señalaba un mojón en un camino que entonces tenía sentido porque los ritos del año reflejaban la existencia, los trabajos y los días de los ciudadanos. Una fiesta solo será fiesta si es excepcional, nos recordaba hace poco el escritor Álvaro Delgado Gal. Pero hoy todo está henchido de todo en todo tiempo. Y la fiesta se ha reducido a ser un eco, una exhibición con mayor o peor fortuna del poderío económico de un pueblo que mide el éxito talonario en mano. Ya no es distinta, ya no es extraordinaria y ya no es fiesta. Por eso son inútiles las llamadas y hasta el ruido político es pura rutina. Nada se escapa a la comercialización de la existencia. Nadie tiene ya el corazón limpio del que espera los pequeños y maravillosos sucesos que hacen mágica una fecha. La fiesta ha muerto; ¡viva la fiesta!