CON VIENTO FRESCO
El Camino de la concordia
CACABELOS es una villa jacobea, que está en el Camino y que durante siglos estuvo ligada a Santiago por lazos jurídicos y religiosos. Hasta 1895 fue de la diócesis compostelana, pese a enclavarse en tierras asturicenses, excepción berciana que se remonta a la reconstrucción de la villa, en el siglo XII, por el arzobispo Gelmírez. En Cacabelos, vivo al lado del Camino, en la ladera de una de las terrazas del Cúa, cuando aquél desde San Bartolo desciende por la fuente de la Salud para enfilar la calle de Cimadevilla que da acceso a la población. Todos los días me encuentro con peregrinos de todas las condiciones, edades y procedencias. Unos pasan briosos porque han pernoctado en Ponferrada y todavía están a mitad de jornada; otros llegan agotados esperado alcanzar el anhelado albergue construido alrededor del santuario de las Angustias. Me gusta saludarlos y desearles un feliz viaje, porque conozco lo duro que resulta y lo gratificante de algunas palabras. He hecho el Camino en un par de ocasiones. Una vez, con mi familia, lo recorrí en coche desde Jaca. El objetivo era histórico y turístico: ver las tierras y los monumentos que se han erigido a su vera. Seguí el Camino por Puente la Reina, Nájera, Burgos y León; y visité los alrededores en una decena de kilómetros a ambos lados; por ejemplo, los monasterios de San Juan de la Peña, Leyre, Irache, Cañas, San Millán de la Cogolla, las Huelgas, etcétera. En otra ocasión, con mi hija mayor, anduve desde Astorga hasta Santiago en nueve o diez días, con la mochila al hombro y los pies doloridos. De este modo pude conocer a las gentes que lo pueblan, los motivos de los peregrinos para realizarlo, los albergues y el trato que se recibe. Es una experiencia más inolvidable que la de viajar en coche, pese a que el Camino es, en ocasiones, muy duro. Recuerdo la terrible subida desde La Faba al Cebreiro, o los casi cuarenta kilómetros de Samos a Portomarín, en una jornada agotadora; pero también la alegría de la llegada, las charlas con los otros peregrinos, la belleza del paisaje y su riqueza monumental. Creo haber escrito numerosos artículos sobre el Camino, entre ellos una guía del Camino a su paso por el Bierzo y este mismo año una de las monografías de las villas jacobeas leonesas, la de Cacabelos, con que el Ddiario de León ha obsequiado a sus lectores con motivo del Año Santo. Creo conocer un poco el Camino. Hace un mes todavía asistía, durante cuatro largas jornadas en Santiago, al VII congreso de Estudios Jacobeos, este año dedicado a los Santos en el Codex Calixtinus, bajo el título de Visitandum est. He podido comprobar por la presencia en él de excelentes especialistas y de un público entusiasta que el Camino es algo vivo, que hay muchas personas que pasan sus días estudiándolo, promocionándolo y recorriéndolo. He sabido de gentes de diferentes regiones españolas y de países extranjeros que lo han pateado en cuatro, cinco y más acasiones; y que lo viven como una experiencia religiosa que los ha dejado profundamente marcados; hay mucha amistad, armonía y concordia en todos los Amigos del Camino y en muchos de los que lo hacen por los motivos que sea. La concesión del premio Príncipe de Asturias a la Concordia, que recogía monseñor don Julián Barrio, arzobispo de Santiago en nombre de todos los que, de una forma u otra, estamos ligados al Camino, lo he sentido como algo propio. Creo que se trata de un premio merecido porque si hay un camino de concordia y de fraternidad en el mundo es éste de Santiago; pues es un Camino que une a los que lo hacen y en el que a nadie se le pregunta por los motivos de su peregrinaje, ya que a todos los acoge por igual en sus albergues y residencias. Es un camino hospitalario que cruza el corazón de Europa interrogando a sus gentes sobre su historia y sus creencias cristianas, que algunos pretender traicionar o no reconocer. Este premio dará a conocer aún más el Camino, pero dignifica sobre todo a los Premios Príncipe de Asturias.