A CAMPANA TAÑIDA
Amilivia y el pacto municipal
TODOS reconocen que la candidatura presidida por Mario Amilivia fue la más votada en las últimas elecciones municipales. También que aspire a gobernar el Ayuntamiento, del que le privó un pacto, legítimo pero muy discutible, entre dos fuerzas minoritarias y que se logró más por animosidad manifiesta contra él del entonces líder de la UPL que considerando el interés ciudadano. Ahora, con la UPL mermada y escindida se ha planteado la posibilidad de abandonar a los socialistas, porque muchos votantes suyos no entendieron tal pacto y porque la situación «de gobierno» no tiene pies ni cabeza. A partir de ahí, se dan todo tipo de actitudes, tanto desde dentro del Ayuntamiento como desde las distintas formaciones políticas que sustentan el pacto o que aspiran a romperlo. Es muy llamativo el grito mudo, que no trasciende al público pero que resuena en los mentideros políticos: «Amilivia no» ¿por qué? La respuesta no tiene duda: porque una nueva alcaldía de Amilivia le convertiría inevitablemente en alguien políticamente muy fuerte Eso molesta a muchos dentro y fuera del Ayuntamiento. Amilivia es el único alcalde que logró la mayoría absoluta, fue alcalde un segundo mandato y cambió León de arriba abajo, diluyendo otras gestiones anteriores y posteriores. Eso en política no se perdona. En general, el éxito tampoco. A partir de ahí, pueden entenderse los sobresaltos por las conversaciones de Herrera y Otero; los intentos por prolongar el statu quo más allá del congreso provincial del PP, los artículos de algún columnista, obsesionado por hacer a Amilivia falsamente responsable de que la Alcaldía de León no sea ocupada por los populares e incluso, los intentos de seducción -que creo imposible- de algún miembro de su equipo municipal. He dicho siempre que si el pacto actual se rompe, Amilivia tiene que volver a ser alcalde. Nada más lógico, por todas las razones que acabo de apuntar. Pero añadiré otra: el ejemplo de Astorga hace más de 15 años: por dar la alcaldía a un «figura» minoritario, se perdió desde entonces. Sobre todo, he oído y leído demasiadas veces que Amilivia no puede volver a ser alcalde, pero no he oído ni leído una sola razón que justifique el veto. Alguno de los que hoy quedan de la UPL no quiere romper el pacto, porque tiene una posición encumbrada en el gobierno municipal que no quiere perder. Es comprensible, aunque las razones personales están jugando demasiado en la política, los gestos generosos no abundan, y siempre se reclaman de los demás. Lo que no es de recibo, porque el ser humano tiene memoria, es que se censure a Amilivia de díscolo, porque no lo ha sido. Y sobre esto, una pequeña lección de Historia: los primeros reyes godos españoles accedían al trono normalmente en virtud de conspiraciones que implicaban la eliminación física de los competidores. Teñido en sangre, el nuevo rey pedía a gritos unidad y disciplina, pero al cabo caía víctima de otra conspiración, porque carecía de legitimidad para mantenerse en el poder. Sólo cuando la disciplina se ha mantenido siempre -y Amilivia es un caso innegable- se puede reclamar de los otros. Lo demás son gritos. Y los gritos no cambian la realidad.