EL JUEZ Garzón, que en otro tiempo y en otro país hubiera sido declarado
de la judicatura, acusa a un islamista preso en España de dirigir el grupo que asesinó a Van Gogh, al cineasta, no al pintor, que no necesitó a nadie para que le matase. Nuestro infatigable juez cree que el marroquí detenido en Badalona después de los atentados de Casablanca es uno de los jefes del siniestro grupo terrorista. El hecho de que permanezca en prisión no deja de ser una buena coartada, pero nada impide que sea el gerente de la empresa que recluta jóvenes para la «lucha santa». Un recluso condenado cuando está en su celda es un caso extraño, pero no lo es menos el del menor imputado en el 11-M. Un adolescente dejado de la mano de Alá, al que se le imputa un delito de colaboración con banda armada en la modalidad de transporte y suministro de explosivos. Estábamos acostumbrados a que los fenómenos de precocidad los acaparasen los niños directores de orquesta y los niños ajedrecistas, preferibles a los primeros según Ramón Gómez de la Serna, porque no hacen ruido. El prometedor chaval ha sido condenado a 6 años de internamiento, que no es nada comparado con los 40 que le han caído al patrón de la patera en la que murieron 37 inmigrantes. El fallo establece una pena de 3 años por un delito contra los derechos de los ciudadanos extranjeros y un año por cada uno de los fallecidos en el naufragio. Todo se explica. Hablando de condenas, habría que detenerse en la que supone el nombramiento de Condoleezza Rice, que nos abarca a todos. Baste decir que es la persona de mayor confianza y fidelidad al presidente Bush, siempre deseoso de cimentar su control de la política exterior, que abarca al mundo entero, salvo algunos países africanos cuyo subsuelo, en vez de petróleo, custodia cuernos de rinoceronte, tantanes sagrados y lanzas que ya no pinchan ni cortan. A nosotros sólo nos han condenado en Estrasburgo por pasividad contra el ruido ambiental. No saben que es que nos gusta.