EL RINCÓN
Teoría del disgusto
CIENTÍFICOS de Estados Unidos han detectado la relación que existe entre ansiedad y el estrés emocional con el envejecimiento. Dicho de otro modo: que el cabreo y la angustia no favorecen nuestra apariencia y nos ponemos feísimos con cierta anticipación sobre el horario previsto. Ocurre que, según los sabios, el malhumor crónico tiene un impacto negativo en los telómeros, que en mi ignorancia no tengo la menor idea de qué cosa puedan ser. Siempre lo había sospechado: pasarlo mal precipita los calendarios. Según Bertrand Russell tampoco contribuye a una buena apariencia el hábito de pensar, que origina arrugas en la frente. Por eso, según él, un rostro verdaderamente estatutario sólo puede darse en el alto clero. Mi modesta teoría ha sido siempre que si alguien quiere darte un disgusto no hay que cogerlo. -Déjelo usted ahí, que ya vendré por él. Hay personas dadivosas que se empeñan en hacernos esa clase de obsequios. Es lo que entienden como «la elegancia social del regalo», pero hay que saber rechazarlos, no sin antes mostrarles nuestra gratitud. Mi dilecto Manuel Machado decía que el dinero sin gusto no es nada y que el gusto siempre es el gusto. Todos tenemos los nuestros, o sea, los de cada uno, y profundizamos en ellos en la medida de lo posible, pero también es conveniente dedicarle algún tiempo al estudio de los disgustos. He observado que algunas personas sensibles los confunden con las contrariedades. No son lo mismo. Los disgustos serios, de los que nadie se libra a lo largo de la vida, exigen presencia de ánimo para sobreponerse, pero las contrariedades sólo reclaman capacidad de olvido. No podemos estar a merced de que cualquier tarugo empecinado nos amargue la vida. Sólo las personas a las que amamos o respetamos o admiramos deben tener ese poder. El más pequeño desaire, o lo que hemos tomado por tal, si proviene de un amigo, puede dañarnos intensamente. A los otros, que les vayan dando.