Diario de León
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FERNANDO ALLER
León

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LO MEJOR del relevo registrado en la Alcaldía de León fue, sin duda, el talante demostrado por los dos máximos protagonistas: el alcalde saliente y el que retoma la vara de mando. No todos los ediles estuvieron a la misma altura. Javier Chamorro se escudó en los insultos proferidos hace más de un año por José María Rodríguez de Francisco contra Mario Amilivia -en una entrevista publicada por este periódico- para asumir como propios los insultos y las descalificaciones. No es de recibo utilizar este lenguaje dentro de lo que ha de ser templo de la democracia y, consecuentemente, lugar sagrado para el debate y el contraste de pareceres. El salón de Plenos de un Ayuntamiento es casa de todos los ciudadanos y nadie puede utilizar la representación que temporalmente se le otorga al concejal para la descalificación zafia. Quien no lo entiende así, denigra al representado. Resultó sorprendente. Uno sabe que ese no es el talante del concejal Chamorro y se inclina a pensar que alguien, escudado en el anonimato, le escribió unas líneas que no supo rechazar, o bien que asumió entusiasmado en un momento de febril cabreo al verse abocado, en razón de las matemáticas de los votos, a ocupar uno de los escaños de la oposición. Los exabruptos causaron mayor sorpresa porque el Pleno estaba discurriendo con normalidad, porque el alcalde saliente, que tenía tantos o más motivos para estar disgustado, pronunció unas palabras cargadas de sumo respeto hacia el adversario y de sentido común. Francisco Fernández se alzó ante todos con una gran talla moral. Supo sobreponerse a la adversidad, agradeció colaboraciones prestadas y comprometió un trabajo duro desde la oposición, en el convencimiento de que recuperará la Alcaldía después de las próximas elecciones municipales. Es evidente que en el Pleno del viernes supo colocar el primer ladrillo de la escalera. El mismo tono conciliador expresó Amilivia tras ser investido alcalde. Reconoció logros en la gestión de los adversarios (algo infrecuente en la vida politica actual) y advirtió que nadie ha de ver algo personal contra Francisco Fernández, sino que la moción respondía a un compromiso personal irrenunciable con los ciudadanos, quienes en su día le otorgaron la victoria electoral en las urnas. Las preguntas que algunos se hacían tras el Pleno resultan lógicas: ¿Qué va a pasar? ¿Cuánto tiempo va a durar la situación actual? ¿Romperá De Francisco el idilio que ahora le une al PP? ¿Influirá el cambio de alcalde en la respuesta del Gobierno presidido por Rodríguez Zapatero a León? A la primera pregunta se puede responder que el vencedor indiscutible del proceso vivido es Mario Amilivia. La Ley no prevé una segunda moción de censura en un mismo mandato. Consecuentemente, en el supuesto de que llegara a producirse la ruptura con Rodríguez de Francisco, Amilivia se mantendría como alcalde, con el único inconveniente de que se vería obligado buscar apoyos puntuales para sacar adelante determinados asuntos que requieran de la mayoría absoluta del Pleno. Tampoco sería cuestión en exceso compleja, una vez ahuyentados los riesgos consustanciales de un sistema político que otorga a los «concejales llave» un poder que está muy por encima de los votos que representan. No parece tampoco que la política de Rodríguez Zapatero con respecto a la provincia pueda cambiar en función del color político del alcalde. No se descubre nada nuevo al afirmar que Zapatero ha sabido crear en la provincia un estado de ilusión desconocido, generó una esperanza traducida en un cheque en blanco, intransferible, que los leoneses pusieron en sus manos con un vuelco electoral sin precedentes. Los ciudadanos esperan ahora que aquellas promesas se conviertan en realidad. Nadie admitirá tibieza, renuncias o signos de lentitud. En manos de Zapatero está en gran parte, sin duda, la recuperación de la Alcaldía de León para el PSOE, pero se equivocaría si pensara que el camino adecuado es provocar la frustración. Zapatero ha de dar respuestas más ágiles al ansiado Inteco, ha de dispersar los nubarrones que se extienden sobre el carbón y la remolacha, ha de conjurar el varapalo que supone para esta tierra la pérdida de los Fondos de Cohesión europeos, está obligado a dotar de mayor impulso inversor las comunicaciones ferroviarias y por carretera... En definitiva, necesita demostrar con hechos que sus promesas van a ser cumplidas. Desde luego, no es el mejor ejemplo haber dotado con un millón y medio de euros para el año 2005 el proyecto estrella de la campaña electoral, el Instituto Nacional de las Comunicaciones. La esperanza tiene fecha de caducidad. A partir de ahora, más. Cualquier gesto podría ser analizado bajo el estigma de la sospecha de venganza , o como urdimbre maquiavélica vinculada a la ambición por recobrar el poder en León. Quienes así pudieran pensar, sin duda se equivocan. Desconocen el pragmatismo de Zapatero y, sin duda, la rectitud de intención en los compromisos adquiridos. A nadie se le oculta que lo ocurrido tendrá también profundas repercusiones en la configuración del leonesismo como fuerza política. El próximo día 18 tendremos dos fotos para aproximarnos a ese futuro. La UPL celebra su tradicional cena de Navidad. Al mismo tiempo, De Francisco reunirá a los seguidores que le quieran acompañar en la formación del nuevo partido leonesista. ¿Tienen cabida ambas formaciones? ¿Sobrevivirá una de las dos o los últimos acontecimientos, las luchas internas y posteriores fracturas de la UPL, convertirán en añicos la representación leonesista en las instituciones públicas? Incógnitas difíciles de despejar en estos momentos. Se puede pensar que la UPL no lo tendrá fácil. Convertida en apéndice de la oposición, es evidente que el protagonismo indiscutible del PSOE anulará -o restará relevancia- a la presencia de los tres concejales leonesistas. Tampoco resultará alentador para Joaquín Otero verse obligado a competir por titulares de prensa con su otrora compañero De Francisco en las Cortes de Fuensaldaña. Dosis de morbo en mayor medida tiene el pronóstico sobre el futuro político que le aguarda a éste último. ¿Será capaz José María Rodríguez de Francisco de continuar avanzando en su resurrección cual Ave Fénix? ¿Tendrá que pagar alguna factura por sus permanentes piruetas políticas, o su mesianismo y su corte de seguidores, tan fieles como incondicionales, le garantizan la supervivencia? Están abiertas las respuestas.

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