EN BLANCO
Pura chirigota
DESDE los viejos tiempos de los chiripitiflaúticos no habíamos disfrutado con un repertorio de diabluras tan deslumbrante como el vivido en el Ayuntamiento de León, naufragio general tanto de los ideales como de la nobleza pero que, no podemos olvidar, ha otorgado el sillón de alcalde a la que fuera lista más votada en las pasadas elecciones. No obstante, el aleteo hediondo de los intereses más bajunos, impuesto a un pueblo que creía haberse librado del colectivo político que ha colocado a León en los últimos puestos de todas las estadísticas nacionales de bienestar y progreso, provoca una acumulación de pesimismos que huele tirando a fatal. La tradición bronquera de los personajes que han manejado la capital durante las últimas décadas toma forma estética en la espantosa bata que lució Morano durante la huelga de hambre, el escándalo que les montaron a los Reyes de España o las bofetadas a la puerta del viejo Consistorio. Y seguimos con la filosofía de la chirigota gracias al rocambolesco pacto entre una pareja cuyas relaciones personales se asemejan a las de Zipi y Zape: el revivido alcalde Amilivia y Rodríguez de Francisco, un profesional de la travesura merecedor de calificativos que no se han inventado. El batiburrillo de odios y querellas personajes se ha diluido como azucarillo y transformado, según los peor pensados, en una mafia de socorros mutuos. En el resto de España nadie entiende lo que pasa aquí y días pasados me comentaban en Madrid, alguien por cierto vinculado al PP, que debemos ser tontos para no aprovechar el tirón inherente a la patria chica de todo presidente de Gobierno. Le contesté que sí. ¿Qué otra cosa podía decir?