En manos de la suerte
TRAS el sorteo, llega el regreso precipitado a la realidad. De cualquier modo, y sin puritanismo alguno, deberemos algún día plantear si tiene sentido que el Estado sea el organizador y el beneficiario de este gigantesco juego de azar. Obviamente, en democracia el fin no justifica los medios, y el hecho de que los beneficios obtenidos se ingresen en la Hacienda Pública no afecta éticamente al fondo de la cuestión. El Estado es un instrumento de civilización, de aporte de valores morales, de fundación convivencial. No se ve, pues, la razón que justifique que sea al mismo tiempo quien lance el peligroso mensaje de que nuestro porvenir no nos pertenece, no depende de nuestro trabajo y nuestra laboriosidad, sino que está en manos de la suerte.