TRIBUNA
¿Es seguro el preservativo?
COMO cada año, tras celebrar el Día Mundial Contra El Sida, es necesario hacer el balance de la lucha contra esta epidemia devastadora. Los datos de 2004 son francamente preocupantes. Según el último informe sobre la epidemia mundial del sida (Onusida, 2004), el número de personas infectadas con el VIH sigue aumentando y, en el año 2004, ha alcanzado su nivel más alto. Se estima que 39,4 millones de personas están infectadas. En 2004 se han infectado aproximadamente 5 millones de personas nuevas (10 cada minuto durante un año), cerca de la mitad de éstas son jóvenes entre 15 y 24 años. En Europa, los infectados por contacto heterosexual han aumentado un 112% en los últimos 5 años. Según la revista The Lancet , «nos encontramos ante una crisis sanitaria y humanitaria descontrolada que requiere una intervención urgente». Quizá haya que preguntarse ante este incremento de la epidemia -también en Europa- si se están tomando las medidas oportunas, si vamos por buen camino. Sorprende que las medidas propugnadas se limiten en muchos casos de modo casi exclusivo a la difusión del preservativo, bajo propósito de facilitar el «sexo seguro». A la vista de los datos es necesario preguntarse: ¿es realmente seguro el preservativo? El pasado mes de julio se realizó una encuesta desalud y hábitos sexuales, elaborada por el Instituto Nacional de Estadística (INE) que nos parece especialmente significativa cuando se refiere a los casos de sida por grupos de edad relacionados con el nivel de uso del preservativo. Con los datos del estudio, relacionándolos con el número de personas en cada grupo de población y con el de afectados por la enfermedad en cada grupo, se observa claramente que no hay relación entre uso de preservativo y reducción de casos de sida. El tema no es nuevo. Ya en 1987, en la prestigiosa revista de medicina J.A.M.A., la doctora Margaret, y colaboradores publicaron las conclusiones de una investigación sobre el contagio heterosexual en parejas que siempre usan preservativo y en las que uno de los miembros está infectado. Ellos encontraron que de cada diez parejas, hubo 3 casos de contagio de sida. En 1993, Susan C. Weller, experimentando en pacientes seropositivos y no drogadictos, comprobó que el 30 por ciento de los mismos transmitió la infección usando el preservativo. Es más, ni siquiera como medio de prevención de embarazos resulta un método muy fiable. Estudios de la OMS -Organización Mundial para la Salud- sobre los preservativos indican que la probabilidad de embarazo en mujeres mayores de treinta años es del 10 por ciento y en adolescentes menores de 18 años es del 18 por ciento. Las causas principales de los fallos de los preservativos son los defectos de fabricación, la falta de fecha de caducidad, la mala conservación, la rotura durante su uso, la porosidad y el uso incorrecto. Es lógico suponer que si el preservativo falla como método anticonceptivo, lo hará en un porcentaje mayor si se trata de evitar la transmisión del virus del sida. Hablamos de un riesgo, que en el caso de adolescentes, se aproximaría al 20% de posibilidades de contagio. ¿Se puede llamar a eso sexo seguro? Estos estudios y, otros similares, condujeron a la resolución del Consejo Ejecutivo de la Organización Mundial de la Salud del 28 de enero de 1992, que se manifiesta en estos términos: «la OMS quiere que se sepa que sólo la abstinencia sexual o la absoluta fidelidad eliminan el riesgo de infección». Y en otro documento de 20 de enero de 1992, se proclama que «sólo la abstinencia sexual o una mutua fidelidad de por vida entre parejas no infectadas eliminan totalmente el riesgo de enfermedades sexualmente transmisibles». La citada revista The Lancet publica en su último número un documento, consensuado por 140 autoridades mundiales en la lucha contra el sida, en el que se vuelve a recomendar la estrategia que ya se planteó en los años 90 conocida como «ABC» para prevenir las infecciones por el virus VIH. La letra A por «abstinence», significa que lo prioritario, y 100% eficaz para prevenir la infección, es abstenerse de relaciones sexuales, es decir, recomendar a los jóvenes que retrasen al máximo el inicio de las mismas. Lo mismo se puede decir de la monogamia mutuamente fiel, representada por la B de «be faithful», o, «sé fiel». Finalmente, y en tercer lugar, en el caso de que fueran rechazadas las recomendaciones anteriores, se habla de la C, recomendando el uso de condones pero advirtiendo que reducen, pero no eliminan totalmente, el riesgo de contagio. Es hora de abandonar argumentos simplistas y falsamente paternalistas que han decidido que «no es realista plantear la abstinencia o la fidelidad a los jóvenes» como si la promiscuidad fuera «inevitable» en sus vidas. Parece como si en algunos países, incluido España, hubiera miedo de hablar de A o de B. No olvidemos que estamos ante una epidemia mortal y que debemos dar toda la información posible a los jóvenes para que sus decisiones sean más informadas, es decir, más libres. Querer curar el sida sólo con la recomendación de usar preservativos es una política que se ha demostrado equivocada. Quien afirma la absoluta seguridad del preservativo va contra el parecer de los expertos. Los preservativos proporcionan sexo con menos peligro, pero no sexo seguro, de forma que con conductas de homosexualidad o de heterosexualidad promiscua, sólo retrasa o disminuye la probabilidad de contraer la enfermedad del sida, pero no lo evita. Por otra parte, es obvio que confiar en el supuesto «sexo seguro» propicia el incremento de las relaciones sexuales y, por tanto, también de las conductas de riesgo. La solución del sida, mientras no se encuentre un remedio efectivo, pasa por los cambios en las conductas de riesgo y por fomentar una juventud sana y libre, en la que sea la cabeza quien mande sobre los instintos.