A CAMPANA TAÑIDA
¡Vivan las cadenas!
CUANDO Fernando VII volvió a España de su dorado exilio francés tras la Guerra de la Independencia, el entusiasmo del pueblo de Madrid fue tal que desenganchó las mulas del carruaje real y el rey llegó a palacio arrastrado por sus súbditos. Algunos gritaban «¡vivan las cadenas!» (entonces eran las del carruaje, que les permitían llevar al rey; luego adquirieron otra significación distinta) No quiero referirme a ésas para hacer su elogio, sino a las modestas cadenas para nieve, cuyo uso ha vuelto a hacerse imprescindible tras la estupenda nevada con que la Navidad ha emblanquecido nuestra ciudad, provincia y la mitad de España. No recuerdo cuándo tuve que ponerlas en León por última vez, creo que fue en los tempranos 90, cuando el 10 de diciembre una nevada semejante hizo imposible acudir a la fiesta de la Virgen de Loreto, patrona de nuestra base Aérea. Durante más de 10 años, «las cadenas» estaban guardadas, casi oxidadas, quizá para algunos sin estrenar... Y sin embargo ¡qué necesarias son cuando cae la nieve! Entonces nos felicitamos por tenerlas en el coche, damos por bueno el mínimo gasto que supuso comprarlas en su día y el mínimo esfuerzo que hoy cuesta ponerlas, no como antes, que era empresa difícil. Nos sorprenderíamos de la cantidad de gente que no las ha comprado jamás, que se jacta de no saber ni cómo se ponen. Y que salen desaprensivamente de viaje, en pleno invierno, sin ese indispensable complemento. Ahora, que tan preocupados estamos por «jorobar» al conductor con el carnet por puntos, habría que establecer provincias en las que llevar las cadenas en el vehículo fuese obligatorio de noviembre a marzo. Se evitarían accidentes, quedarse atravesado en la carretera y padecer una noche de frío polar, incluso con niños en el coche. Tal disposición obligaría a un pequeño gasto adicional, pero quedaría compensado por los enormes beneficios que reportaría. Yo no sé cómo, con los muertos que hay en las carreteras, todavía hay gente que no se convence de que conducir con nieve es algo intrínsecamente peligroso, va por la ciudad entre trompos y derrapes y encima divertida. En carretera, se la juegan a la ruleta rusa en cada curva. Aprovecho para señalar algo más. Un «ceda el paso» quiere decir que hay que cederlo, y si es necesario, detener el vehículo. Pues bien, cuando se transita por una doble vía, uno tiene que echarse al carril izquierdo en cuanto hay un «ceda el paso», porque ni camiones, ni autobuses, ni casi ningún vehículo lo cede. La señal no se respeta. En vez de empeñarse la D.G.T. en «desplumar» a los conductores con radares estratégicamente colocados para reportar un mínimo de 98 euros a las arcas del Estado, en cuanto uno se pasa un pelo en una limitación de 50 km/h, sería bueno también empezar a exigir respeto a los «ceda el paso» en carretera. También por ello hay accidentes, aunque no reporten en multas dinero fácil a la Administración. Y con la debida concienciación de los conductores y con la debida vigilancia, se salvarían vidas humanas, se evitarían lesiones y también familias destrozadas. Esto es algo que a todos atañe y preocupa, tanto peatones como conductores. Y encararlo sí que es hacer política, y de la buena.