Diario de León
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ANTONIO PAPELL
León

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EL ÚLTIMO informe trimestral sobre la Eurozona, elaborado por la comisión y que acaba de divulgarse, pone de manifiesto que España es uno de los países de la zona euro qué más competitividad ha perdido desde el 2002 a causa del fortalecimiento del euro con respecto al dólar. El deterioro competitivo en precios y costes de nuestros país ha sido del 19% en últimos 24 meses. Ello explica la creciente incidencia negativa del sector exterior en nuestro crecimiento económico, que se ralentiza a ojos vista, y confirma el diagnóstico de que el modelo de crecimiento, basado en la demanda interna y en la construcción, que tan buenos resultados ha dado desde 1995, está sencillamente agotado, de forma que este país tiene que emprender cuanto antes la lucha por la competitividad (que, en otras medidas, requiere, como es conocido, multiplicar la inversión en I+D+I y realizar un gran esfuerzo en materia de educación). El nuevo gobierno lleva en su discurso electoral una panoplia de buenas intenciones en esta materia. La conquista de la competitividad era el eje de su programa económico, se apostaba por multiplicar en poco tiempo la inversión pública en I+D y se tenía teóricamente presente la importancia de la educación en el desarrollo real del país. Sin embargo, la limitación de las posibilidades presupuestarias, constreñidas por la ley de estabilidad y por el hecho de que España sea uno de los paises de la UE con menor presión fiscal, ha reducido considerablemente el alcance de lo deseable. Y, derogada precipitadamente la ley de Calidad en la Educación, nos hallamos inmersos en un difuso debate sobre el particular. Lo único cierto en esta delicada materia es que, según el prestigioso informe Pisa, no sólo muestra educación se sitúa cualitativamente en uno de los últimos lugares de la UE sino que se encuentra en franco retroceso. Este gris panorama se ensombrece aún más por el hecho de que tenemos entre nosotros a cerca de un millón de inmigrantes en situación ilegal, trabajando en la economía sumergida, a los que se está a punto de regularizar. Es evidente que si la atonía económica degenerara en estancamiento o recesión -a causa, por ejemplo, de una nueva elevación de los precios de la energía-, de forma que se incrementara el desempleo, esa masa de población foránea podría engendrar un grave problema social. Igualmente, esta inmigración descontrolada y clandestina agrava la amenaza del terrorismo islamista, que sigue rondándonos: las constantes detenciones de elementos radicales demuestran que el riesgo sigue siendo elevado. Y los ciudadanos nos preguntamos con el alma en un puño si las fuerzas de seguridad del Estado serán capaces de detectar todas y cada una de las células terroristas que están emboscadas entre nosotros, dispuestas a destruirnos. Pues bien: en este panorama no muy luminoso, basta con leer los periódicos para detectar que los problemas reales van o un lado y el proceso político por otro bien distinto. En tanto este país, que ha experimentado ya un desarrollo relevante de modernización, se encamina hacia la deseable posmodernidad basada en los más sutiles valores de la democracia, sus ciudadanos nos estamos entreteniendo en atávicos debates sobre la identidad étnica, sobre los conceptos deslizantes de nación y de pueblo y sobre el sentido que hay que dar a la noción de Estado, que ha sido y sigue siendo la culminación del proceso histórico de civilización. Porque no nos engañemos: el gran debate sobre la estructura de España no es racionalizador, no busca la más eficaz asignación de recursos ni el modo de optimizar y administrar el gasto: estamos hablando de soberanía, como si el viejo concepto movilizador no se hubiera relativizado aún a consecuencias de los procesos de integración supraestatal y, más aún, como resultado de la imparable global ización. En esta época de racionalismo e inquietud cultural, de una búsqueda consciente del bienestar y la prosperidad, de globalización intelectual y de grandes consensos ideológicos, en España estamos trabajando intensamente por alzar fronteras interiores, por establecer aduanas físicas que preserven identidades. ¿Acaso nos hemos vuelto todos locos? Sin duda, nos ha acometido en todo el cuerpo nacional una cierta erupción nacionalista de la peor ralea; de un nacionalismo rancio y caduco que, como escribió Vargas Llosa, -es la cultura del inculto, la religión del espíritu del campanario y una cortina de humo detrás de la cual anidan el prejuicio, la violencia y a menudo el racismo-. Sorprendentemente, los territorios más cultos y desarrollados de España, los que por renta y bienestar estarían más cerca de los parámetros europeos, se retuercen hoy en esa serie y a todos nos contagian y perturban. A este paso, las querellas provocadas por semejantes delirios nos debilitarán hasta el agotamiento y la postración. Casi nadie parece darse cuenta de ello, o, al menos, la mayoría hace como si no se enterara de lo que ocurre. Cuando una simple mirada a la historia nos advierte de lo que puede ocurrir si no rectificamos a tiempo el rumbo. 1396927554

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