Diario de León

TRIBUNA

El vigente discurso de la Navidad

Publicado por
GONZALO TEJERINA ARIAS
León

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LOS MEDIOS de comunicación han dado cuenta en estos días de cierto rechazo de la celebración tradicional de la Navidad que se produce en la sociedad española. Elementos de la ambientación navideña como la iluminación de las calles y el adorno de lugares, el canto o la transmisión de villancicos, la instalación de belenes, han encontrado posiciones de repulsa o la prohibición abierta en espacios públicos. El caso no es exclusivo de nuestro país. Pocas fechas atrás en algunos lugares del norte de Italia, en centros de enseñanza del estado se ha prohibido la instalación del belén, que en el país alpino, desde San Francisco de Asís, cuenta con una singular relevancia socio-cultural. La prohibición se dictaba por respeto a otras creencias presentes en la sociedad y en la escuela italiana que no tienen porqué cargar con esa exhibición de símbolos cristianos. En la polémica que la medida generaba terció el Imán de Milán -luego en el mismo sentido otros de otras ciudades italianas- quien en nombre de los musulmanes, en quienes se pensaba para imponer la prohibición, manifestó que los niños del Islam no tienen ningún problema ante un clima navideño o en recitar el nombre de Jesús, para ellos venerable... En cualquier caso, en España, el problema ya ha salido a flote con claridad y en años venideros probablemente se extienda, cosa por lo demás bien comprensible dentro de un proceso socio-cultural de crecimiento de la diversidad religiosa, parejo a la pérdida de sentido cristiano. Para los cristianos, si en algún momento se ha de ver con cierta pena esas posiciones de rechazo ante unos símbolos de indudable valor en cuanto expresión cultural de su fe, se trata de un capítulo más en el que ejercer la aceptación necesaria del pluralismo ideológico de la sociedad y la consiguiente retirada de lo cristiano de los ámbitos públicos que han de ser regidos por una racionalidad común, externa a lo religioso o confesional. Por varias razones, sin embargo, y al propósito el caso mencionado de Italia puede ser revelador, el cristiano no podrá evitar la sospecha de que la eliminación querida del imaginario de la Navidad se ampara en la presencia de otros credos religiosos, pero que en realidad proviene de otra voluntad anterior o independiente de rechazo de lo cristiano. Que para orillar lo cristiano el laicismo esté buscando un punto de apoyo en el respeto debido a otras religiones, a estas alturas, también en nuestro país, no es una interpretación descabellada. Pero sea así o no, el hecho objetivo es ese rechazo de la escenificación de la Navidad, que siendo minoritario, logra alcanzar alguna relevancia social. Sin embargo, dispuesto a retirarse con su imaginario a círculos más privados si una presencia pública fuera improcedente, el creyente no deja de manejar algunos pensamientos sobre el valor de la simbólica cristiana, ahora la de la Navidad, justamente para el ámbito de la racionalidad común al que se apelan los que quieren su exclusión de lo público. En sustancia, lo que al cristiano le parece es que suprimir la tradición navideña supondría la pérdida de un notable caudal de valor humano objetivado en esta fiesta cristiana que, guste o no, da expresión a preciosas experiencias del espíritu humano. Los elementos que enuclean la celebración navideña, un niño que nace y que es portador de salvación para todos los hombres, la paradoja viva de esa criatura en quien alborea el tiempo mesiánico, posada sobre un nido de pajas en un pesebre, la solidaridad de lo alto que desciende, condesciende, a lo humano necesitado de redención, la gente sencilla que acude a verlo con devoción, otros, magos misteriosos, llegando de lejos, siguiendo una señal, sumándose al homenaje al recién nacido, estos elementos tejen una trama esencial en el ser humano de necesidades, anhelos, experiencias, búsquedas en torno a algo tan decisivo, tan difícil como irrenunciable, tan costoso, tan deseado, como es la salvación. El discurso de la Navidad podrá ser irreal a ojos de muchos, pero es sumamente serio y no cuesta tanto percibir en él hondas latencias humanas. Un belén, un villancico, una felicitación, un puñado de luces, son siempre la representación del drama de una oferta de salvación nacida misteriosamente en este mundo. Para los cristianos la representación navideña es vista con una gozosa certidumbre porque evoca y actualiza el inicio real de un acontecimiento histórico de salvación. Para los no creyentes, lo que ahí se representa es pura ficción, pero nos permitimos preguntar si aún si fuera irreal no dejaría de tener un altísimo valor simbólico de un dinamismo humano de salvación. Ante la escenificación siempre un poco ingenua del nacimiento del mesías, el no creyente podrá mirar en silencio o pasar de largo con indiferencia inexpresiva, con sonrisa escéptica o con nostalgia dolida, pero cargar contra la representación del nacimiento de Jesucristo no es menos que romper una esperanza de salvación que por ser connatural al ser humano une a creyentes y no creyentes. La Navidad y la Epifanía avivan algo profundo en el hombre: la posibilidad de una oferta de gracia salvadora que irrumpa en la historia pero que no puede salir del hombre porque es él el necesitado de salvación. La Navidad invita a acunar el sueño de una liberación, a hacer guardia ante una posible gracia redentora. Es difícil una seguridad absoluta sobre la inexistencia de esa posibilidad, y la celebración cristiana invita a tomarla otra vez en consideración, a volver a mirar, a afinar la escucha y si fuera el caso, si voces o señales dijeran algo, a hacer un camino con la sencillez de corazón de los sencillos o el celo inquisitivo de los entendidos hasta el acatamiento reverencial. Y si se quiere desechar radicalmente esa posibilidad, si no se puede hacer espacio alguno a la esperanza en una presencia trascendente, no dejará de haber en la horizontalidad del mundo y de la existencia alguna verdad dadora de sentido ante la que el hombre se sienta tributario, el motivo de alguna esperanza que bajo el estímulo de la Navidad debe renacer en el alma humana. En cualquier caso, en el ciclo navideño la Epifanía traza el arquetipo del seguimiento y la acogida humana de una presencia liberadora, sea esa posible gracia sobrehumana, sea una verdad de esta tierra sobre el que asentar la vida y cuya presencia debe ser avivada.

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