Diario de León
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VICENTE PUEYO
León

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ORTEGA habló en su día de uno de los estigmas que explicarían el irresuelto «problema de España»: la ausencia patológica de los mejores. Seguimos en ello.  Los mejores son, además de los más claros y despiertos, los más generosos y desprendidos. Quienes pertenecemos a esa generación acunada por cuentos de trinchera, despejada entre las porras y los claroscuros de la transición y esperanzada por el esfuerzo de concordia de la Constitución del 78, somos ahora la clase de tropa del ejército de la frustración. Los mejores se han esfumado y la generosidad, la altura de miras, hay que buscarla con el ADN. Viendo en aquellos días cómo se cruzaban con sonrisa amistosa por los pasillos del Congreso a Fraga, a Xirinacs, a Arzallus y a Carrillo llegamos a pensar que quizá habíamos cogido el tren correcto: el que conducía a una estación en la que se leería: «Ha llegado usted a Lealtad. España ya no es el problema». Ortega daría saltos en su tumba. Imbéciles soñadores. Lo real, lo frustrante hasta el hastío, es que las gentes de la boina antigua han descubierto (¡eureka!) que lo realmente solidario, que la forma definitiva de unirnos, es desunirnos. Como estas cosas no hay cristiano ni pagano que las entienda, antes, cuando no había apenas hipotecas ni televisión, se iba directamente a la calle y se armaba la de dios es cristo. Pero ahora a los de las canas la próstata les tira para atrás y, al personal joven, le llena mucho más la game boy que los balcanes. No; tampoco Europa sirve. Ese es el penúltimo chantaje. Europa sólo sirve en la medida en la que vaya diluyendo a España. Triste España sin ventura.

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