TRIBUNA
San Juan Bosco y el estilo salesiano
EL PRIMER colegio salesiano que existió en el mundo fue para los muchachos que lo frecuentaban una estupenda «escuela» que los preparaba para la vida. Bien a las claras lo demuestra el objetivo que se había fijado Don Bosco: hacer de cada uno de aquellos chicos «un honrado ciudadano y un buen cristiano». Dotarlos, pues, de un bagaje cultural, profesional, religioso y moral que les permitiera incorporarse dinámicamente a la vida de la sociedad y de la iglesia. Hoy está indiscutiblemente aceptado por todos, que la escuela no puede tener como único objetivo el transmitir unos conocimientos, ni siquiera el dotar a los alumnos de un elevado grado de cultura o de unas cualificadas aptitudes intelectuales o profesionales. El dinamismo de la escuela tiende a la educación integral, al desarrollo progresivo y armónico de todas las dimensiones y de todas las virtualidades de cada persona. El estilo educativo salesiano, que hemos heredado de Don Bosco, se caracteriza, pues, por un interés que abarca a toda la persona, por una sensibilidad hacia todos los aspectos de la vida de las personas: desea y colabora para que todos y cada uno vayan progresivamente desarrollando todas sus dimensiones, posibilidades, aspectos, cualidades, valores¿ Nunca se propone ni se contenta con un aspecto parcial de la vida, por bueno que sea. Mira siempre al conjunto, a toda la persona en su integridad. El verdadero estilo salesiano de educar está atento al dinamismo de la historia, a las exigencias de la vida, a los cambios sociales y culturales, y pone en práctica todos los medios para no quedar anclado en el ayer o desmarcado del ritmo de la historia, especialmente en referencia a la juventud. El corazón del educador salesiano debe ser «una escuela que prepara para la vida», en primer lugar para nosotros mismos. Hemos de vivir en actitud de continua renovación; hemos de aceptar la necesidad y las exigencias de la formación permanente en todos los aspectos de nuestra existencia; espirituales, religiosos, apostólicos, profesionales, educativos. Quien no acepta aprender a vivir todos los días, acabará fuera de la vida real¿ Y quien no acepta prepararse todos los días para la vida, no posee las cualidades del corazón salesiano educador. Ser cada uno para nosotros mismos una «verdadera escuela de vida» sigue siendo una forma muy válida y necesaria de vivir con permanente preocupación la educación de los jóvenes, según el estilo salesiano. Convencido de estas premisas y conocedor profundo de la psicología e intereses de los muchachos, es por lo que San Juan Bosco pedía a sus salesianos y colaboradores no quejarse de los jóvenes. El estilo educativo del santo parte de la aceptación del joven por parte del educador, «en todo joven hay algo positivo», decía. Al educador le compete descubrir lo que de positivo tiene cada joven y, desde ahí, ayudarlo a construir su persona, su futuro, siguiendo un modelo de educación, el sistema preventivo, que se basa en tres pilares fundamentales: razón, religión y amabilidad. Don Bosco sigue en esto las líneas de los pedagogos que creen en la superioridad del método preventivo sobre el represivo, preocupado por poner como base de la educación el amor, creando alrededor del niño, del adolescente e incluso del joven un ambiente de serenidad, de bondad y de persuasión, que los encamine naturalmente por el camino del bien, evitando todo aquello que los aleje o los haga rebeldes o los envilezca. Siempre que se pueda, será mejor conservar la salud que dejar enfermar y curar después, porque la enfermedad curada deja siempre propensión a la recaída, como apunta F. Aporti. Así el desarrollo práctico del método preventivo se reveló de una eficacia maravillosa en la praxis educativa de Don Bosco, donde aparecen, una y otra vez, los elementos que, día a día, han de organizar la labor y actividad educativa y docente en un colegio, como son la asistencia, el afecto, la caridad, la amabilidad, la razón, la alegría, el canto, el recreo, el movimiento. Recomendaba a los suyos, como necesario para tener éxito en la «educación intelectual», el recurso a factores fuertemente afectivos para ganarse la confianza de los educandos. Es indudable que mejor y con más seguridad se consigue un fin con la benevolencia; el maestro, ganándose el afecto de sus alumnos, conseguirá de ellos que pongan todo su empeño en agradar con la atención, con el buen comportamiento, y en vez de mostrar tedio y aversión al aprender, mostrarán agrado y complacencia. Claro está, que sin descuidar una razonable y dosificada exigencia que los prepare para la vida en el esfuerzo, la responsabilidad y la honradez. Es una manera nueva de ser educador, sobre todo teniendo en cuenta la sociedad contemporánea de Don Bosco, la Italia (Turín) de la posguerra. No sin cierto énfasis, pero tampoco arbitrariamente, un colega del Santo escribía en 1886: «Hace ya cincuenta años que Don Bosco entrega su vida a la educación de la juventud, con un resultado tan bueno y tan dilatado, que ha llegado a ser el más famoso educador de nuestros tiempos... Lo que lo ha hecho tan célebre es su sistema preventivo». La acción educativo-pastoral de los Salesianos no podría llevarse a cabo sin la concurrencia de numerosos laicos que comparten el carisma del fundador. Profesores, animadores y colaboradores seglares trabajan en las distintas obras de la congregación. Desde hace años se está realizando un gran esfuerzo en la formación, no sólo profesional, sino también pastoral de estos seglares. Cada vez son más los que asumen cargos de responsabilidad en las diversas presencias salesianas. En este sentido, cabe destacar las jornadas formativas que se organizan para los profesores de nueva contratación, los cursos que preparan a laicos para la función directiva en los centros, la formación continua del profesorado y de los animadores, o las escuelas de formación para el tiempo libre. Y todo para propiciar que los jóvenes sean «honrados ciudadanos y buenos cristianos», aunque respetando siempre cualquier ideología y creencia en los que frecuentan la escuela salesiana.