Un debate de altura
EL DEBATE de anteayer fue desigual en su desarrollo: hubo momentos en que rayó a gran altura y otros en que decayó a raseros bien pedestres. Pero, en general, respondió a las expectativas y todos salimos de la ceremonia con la sensación de que habíamos asistido a un hito en la vida parlamentaria de este país. Porque lo importante del debate no fue su desenlace, sino la apertura de ciertas claridades que había que establecer y, en alguna medida, el establecimiento de nuevas expectativas que impidan que el victimismo nacionalista genere frustración. Frente a la petición exorbitante de la periferia, no se alzó el muro intransigente de la España eterna sino la frontera del sentido común, de la integridad democrática, de la voluntad de integración y de convivencia.