EL RINCÓN
Niños objeto
NO DEBÍA de tener muy buen concepto del ser humano mi admiradísimo Baroja cuando definió al hombre. Un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo, dijo. Quizá exageraba y generalizaba algo el hirsuto y tierno don Pío, pero la verdad es que hay motivos para el pesimismo antropológico. Donde más se hace patente que somos fruto de un diseño precipitado y sin control de calidad es en nuestra manera de tratar a las criaturas recientes. Lo más probable es que también los que ahora están siendo niños hagan lo mismo, cuando sean mayores, con los que vengan después. Lo cierto es que hay muchas cosas que producen vergüenza biológica. Una náusea muy peculiar es la que suscita el caso de Michael Jackson, el negro lavado con Homo, no por homosexual, sino por corruptor de menores. Nada que decir si reclutara a sus parejas entre adultos de esfínteres dóciles. Allá él y allá ellos. Lo repulsivo es que el célebre muñeco mecánico millonario alquile por horas a niños de diez y doce años. Para eso no debe haber el menor perdón, aunque haya grandes abogados. Tampoco debe haberlos para quienes encarcelaron a adolescentes de esa misma edad en la tristemente famosa prisión iraquí de Abu Ghraib. Ahora se ha descubierto, gracias a las investigaciones de la Unión por las Libertades Civiles, que allí había chiquillos detenidos sin registrar en ningún documento. Ninguna organización humanitaria ni siquiera la Cruz Roja, sabía de su existencia. ¿Qué podemos esperar de un mundo que trata así a los que llevan menos tiempo en él? Los psicólogos insisten en la circunstancia, estadísticamente comprobada, de que los niños que han sido maltratados se convierten, cuando llegan a adultos, en maltratadores. Si esto es así, que no lo es siempre, estamos haciendo grandes escuelas y universidades. Hay niños soldados, niños, mineros, niños reclusos... A ninguno de esos le han dejado ser un niño.