EN EL FILO
Las llaves de San Pedro
KAROL WOJTYLA ya está en su cripta de San Pedro. El protagonista de un tan largo papado se adentra en la historia de la eternidad y la vida sigue. Pronto va a llegar el cónclave que decidirá quién es el nuevo Papa. El sistema de elección del Pontífice ha ido evolucionando y perfeccionándose según el devenir histórico desde el sistema inicial prácticamente asambleario hasta la reforma en profundidad que hizo el propio Juan Pablo II. Desde hace siglos, los cardenales son los que deciden. Ahora muchos ya están en Roma, y los restantes van llegando desde los más remotos confines del mundo. Hablan en mil y una lenguas, son de razas distintas, proceden de entornos hostiles o prósperos, se formaron en la Curia romana o en una misión perdida en el corazón de África. El dicho romano a menudo tiene visos de verdad: «Los que entran en el cónclave como Papa, salen como cardenales». Es decir: los nombres demasiado proclamados antes de tiempo, pierden su oportunidad. Reunidos en la Capilla Sixtina, los 117 cardenales del Cónclave votarán y contrastarán pareceres: es un trabajo de filigrana y de inspiración, hasta lograr un consenso fundamental como ocurrió de forma no del todo prevista con Karol Wojtyla. En esta ocasión es previsible también una faena de orfebrería para encauzar la última y definitiva votación. No es Juan Pablo II un pontífice fácil de sustituir: tanta energía, tanto poder de comunicación son irrepetibles. Casi de inmediato, el nuevo Papa tendrá que perfilar una actitud frente a China. Allí hay dos comunidades católicas: la iglesia «patriótica» -permitida por el régimen- y la iglesia perseguida, como lo prueba la muy reciente detención de obispos y sacerdotes. Desde un Occidente tan secularizado el contraste de China es revelador: el régimen es postotalitario en términos económicos pero no respecto a libertades como la religiosa. Pekín envía, por primera vez, sus condolencias a Roma y a la vez persigue la práctica de la religión católica. La iglesia «patriótica» tiene doce millones de fieles y no se le permite vínculos con Roma. De la iglesia perseguida se ignora el número de fieles. En el mundo asiático, con más de la mitad de la población mundial, tan solo en Filipinas existe una mayoría católica. En China y la India, la población católica solo es -según The Wall Street Journal - un dos por ciento. En el caso de la India y China sería un error perder de vista que son los dos grandes poderes emergentes del siglo XXI. La asignatura pendiente de Roma es obvia. Aunque insistan en la cuestión tantos presuntos expertos de la galaxia mediática, el Cónclave no está para optar entre un Papa conservador o un Papa progresista, una Papa de derechas o un Papa de izquierdas. Dos mil años de continuidad -con episodios luminosos y fases turbulentas- en Roma hacen fútil esa dicotomía: por una parte, los factores son múltiples y complejos; por otro lado, no hay motivos para suponer -al contrario de las tesis conspiracionistas, de horrendos intereses ocultos- que la mayoría de cardenales no estén por la labor de decidir lo mejor para la comunidad católica y para el mundo en general. La inmensa mayoría de los cardenales del cónclave fueron designados por el Papa fallecido: únicamente tres -el americano William Baum, Ratzinger y el cardenal Sim, filipino- estaban en la Capilla Sixtina cuando se eligió a Juan Pablo II. En esta ocasión, menos de la mitad de cardenales proceden del conjunto de Europa, al contrario del cónclave anterior. 20 son italianos. Iberoamérica, con un 40 por ciento de la población cristiana del mundo, tiene una representación del 20 por ciento en el cónclave y no carece de peso específico en la influyente curia romana. Seis cardenales son de España. Son muchas las piezas en el tablero. Aunque sea inevitable especular sobre el nombre del futuro pontífice, lo más fundado es esperar la «fumatta» blanca.