TRIBUNA
La grandeza de un Papa
AL DÍA siguiente de su muerte calificaba el cardenal Sodano al Papa difunto en la Plaza de San Pedro de Roma como «Juan Pablo II el Grande». Curiosamente lo habían ya hecho otros, pero evidentemente utilizando varias varas de medir, por ejemplo la del derrumbamiento del Muro de Berlín, la de haber batido el récord de kilometraje en sus viajes apostólicos, la de haber concentrado más multitudes que ningún otro personaje, la de ser el más mediático y conocido que ningún otro papa, etcétera... El secreto de la grandeza de Juan Pablo II radica, no obstante, en el empeño constante y con la mayor coherencia posible de poner en práctica la máxima del maestro: «quien quiera ser el mayor entre vosotros que sea vuestro servidor»; de suerte que no se fuerce para que el otro se sienta pequeño, sino, como dice el escritor francés Roger Garaudy, para que «el otro a quien yo necesito pueda ser más» y así crecer, madurar y realizarse. Esto es lo que verdaderamente conlleva grandeza, mientras que lo contrario es pura mezquindad. En un mundo agresivamente competitivo y de zancadillas en todos los campos es una tentación constante alejarse de los otros cuando se piensa que poco o nada puede rentabilizar su compañía, olvidando que ellos son espejo de nosotros mismos con nuestra miseria y nuestra nobleza. Todo buen seguidor de Jesús de Nazaret deberá imitar su conducta estando siempre más dispuesto a descubrir lo que el otro lleva de bueno dentro de sí mismo y así estimularle y potenciarle sacándolo a flote y no en erigirse en juez, que truene echando en cara sus culpas y dejándolo a la deriva. Este carisma está siempre presente, sin duda, en el servicio evangélico y evangelizador de Juan Pablo II y aflora en él con una naturalidad sin ficción y a impulsos de una auténtica nobleza y grandeza de espíritu apostólico. Si él, al inicio de su pontificado, había tomado el nombre de Juan es porque en este apóstol veía el mejor modelo de aproximación y amor a Cristo, que es quien inspira constantemente su ministerio petrino, viendo asimismo en Pablo, universalmente conocido como «el apóstol de las gentes», el ejecutor eficiente como viajero empedernido y dispuesto a llegar a los más posible y precisamente en plan de «padre y maestro», como el apóstol lo dice de si mismo, puesto que hoy, según Anthony de Mello «lo peor de todo es la hipocresía de los padres y maestros haciendo de modelo que luego no son capaces de cumplir». La primera exigencia de un padre y de un maestro a la hora de enseñar es la coherencia de honradez radical, que consiste en hacer lo que uno dice. Para ello no son necesarias muchas palabras. Basta actuar con sencillez y cumplir lo que uno enseña. En esta línea y con esta vara de medir hay que interpretar la grandeza de Juan Pablo II, poseedor, sin ningún género de dudas, de un gran caudal de carismas, pero que en manera alguna podemos decir que los agote o los posea en exclusiva. A la hora de enjuiciar al Papa difunto debemos comprender, y yo así lo entiendo, que con la mejor buen voluntad y con resultados mejor o peor éxito, ha tratado siempre de dar respuesta a las exigencias del hombre de hoy, contando que tampoco Cristo tuvo siempre éxito pleno con sus apóstoles, como en el caso de Judas, ni tampoco con sus discípulos, algunos de los cuales pensaron que aquéllo era poco menos que un montaje, cuando se decía que Cristo había resucitado. Que Juan Pablo II no pudo llegar a realizar todas ilusiones y utopías evangélicas y evangelizadoras es evidente, y él mismo lo reconoce manifestando públicamente que aún quedan caminos que recorrer, por ejemplo para poder desarrollar hoy día el «Primado de Pedro» entre todas las Iglesias y todos los cristianos. O asumiendo que también un romano Pontífice puede ser víctima de las debilidades y limitaciones humanas llegado un momento de su vida, que aconseje su renuncia a la Sede Apostólica, como se recoge en las leyes canónicas, que él mismo había promulgado; a no ser que razones imponderables aconsejen lo contrario, como fue evidentemente su caso y tenga que cargar con su cruz hasta el final para dar al hombre de hoy, vergonzoso muchas veces de la vida y de la muerte, la última gran lección magistral de su muerte, que solamente los «grandes» en todos los sentidos son capaces de dar, como él lo hizo. Solía decir W. Churchil que «la responsabilidad es el precio de la grandeza» y Juan Pablo II es evidente que siempre sintió el peso de esta responsabilidad y puesto que «responsabilidad» implica «responder» él lo supo hacer hasta el final como lo hiciera Pedro a quien el autor del Quo vadis a la pregunta de Cristo que le interpela a la hora de la tentación de la huida, no tiene otra respuesta que la de «iré a donde tú quieras, Señor».