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JUAN VÁZQUEZ
León

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LA CRISTIANDAD tiene nuevo príncipe. Doscientos doctos ancianos se encerraron a cal y canto con una estufa encendida -con lo peligroso que es eso- para poner fin al dicho romano de que quien entra Papa en el cónclave sale cardenal. Menos mal que sólo tardaron 26 horas en decidirse, porque según se supo ayer, la caldera tenía mal el tiro y se llegó a ahumar la capilla Sixtina. No fue sin embargo la seguridad de los prelados lo que provocó la brevedad del encuentro, ni tampoco el protocolo de Kioto por temor a los efectos de la fumata negra. Parece que los doctores de la Iglesia lo tenían bastante claro. En sólo tres votaciones eligieron como sucesor de Pedro a Joseph Ratzinger, Benedicto XVI, un Papa de la tierra de Lutero, el agustino que se reveló contra el pensamiento único en la Iglesia y sentó las bases ideológicas para el progreso de Occidente. Como todo lo contrario se dibuja el perfil de su paisano, que se presenta como un guardián del dogma y enemigo del relativismo, que supone abrirse a opiniones que cuestionen la verdad incuestionable procedente de interpretaciones de los Evangelios acuñadas hace siglos. Un avance lento sería al fin y al cabo un avance, pero la inmovilidad parece ser la que lleva a la eternidad según la cúpula eclesiástica. Todas aquellas imágenes de San Cristóbal que iban adosadas con un imán a los Seat de los años setenta, y que hace décadas que ya nadie ve, deben de estar ahora repartidas por todo el Vaticano. ¿Recuerdan el lema que las acompañaba? Era «No corras Papa».

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