LA VELETA
El Papa y la economía
LAS ENCÍCLICAS pontificias y muchos textos de autoridades religiosas católicas se han opuesto por lo general al predominio de uno de los dos principios de organización social, el mercado y la planificación central. Antes del pontificado de Juan Pablo II, la corriente central del pensamiento católico condenó sin paliativos el socialismo pero mantuvo una posición muy crítica frente al capitalismo. Desde esta perspectiva, la elevación del cardenal Wojtyla al solio pontificio constituyó una cambio decisivo en esa situación ya que supuso la reconciliación entre la economía de mercado y la doctrina social de la iglesia. Sería y falso convertir al Pontífice recién desaparecido en un campeón del liberalismo económico. Sin embargo, su experiencia vital en la Polonia sometida a un régimen comunista le llevó a tener una visión clara de los fallos de las economías planificadas y, lo que es más importante, de su radical contradicción con la naturaleza y con la dignidad del hombre, esto es, un ser dotado de libertad. El socialismo constituía una violación de la moral natural no sólo de los católicos o de los cristianos, sino de todos los seres humanos. Este mensaje constituye uno de los ejes básicos de su pontificado y uno de los elementos que dieron universalidad a los diferentes pronunciamientos del Papa a lo largo de su reinado. En la Sollicitudo Rei Socialis (1987) proclamó «el derecho fundamental de la persona a la iniciativa económica» y la calificó como el segundo más importante después de la libertad religiosa. En la Centesimus Annus (1991), Juan Pablo II se mostró partidario del capitalismo entendido como el sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada de los medios de producción y de la libre creatividad humana, si bien añade, que «sería más apropiado hablar de economía de mercado o de economía libre». En el mismo sentido, el Papa fue partidario de una economía mundial abierta. Consideraba los aranceles proteccionistas una expresión del egoísmo colectivo. Estimaba que los países desarrollados deben ayudar al desarrollo de los pueblos que lo están menos pero que la autoayuda no puede ser sustituida por ningún tipo de ayuda exterior o que el capital humano es la fuente de la riqueza de las naciones. Su doctrina social estaba llena de sentido común, de una concepción moderna de la economía. Con Juan Pablo II desaparece el Papa que más contribuyó a reconciliar la doctrina social de la Iglesia Católica con la libertad económica. Este es una ínfima pero importante aportación de su inmenso legado.