Diario de León
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FERNANDO DE ARVIZU
León

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PARA LA mayoría de los políticos, ser ministro es el culmen de la carrera. Cuando fui senador pude comprobar que, en general, la labor parlamentaria era un premio de consolación. Y que el parlamentario abandonaría encantado su escaño con tal de ser director general, aunque fuese de canales secos. Hay quien se muere por ser ministro y quien no soporta el ministerio perdido. A don Niceto Alcalá Zamora le pasó eso; fue ministro con Alfonso XIII, le cesaron y se hizo republicano. Allí prosperó hasta que le echaron. También hay en la reciente historia de España un ministro que murió del disgusto 48 horas después de su cese. Pero a veces el ministerio le cae a alguien sin estar preparado para tan alto cometido. En efecto, un ministro o ministra tiene que saber a dónde va, qué objetivos quiere para su gestión, de qué recursos puede disponer al efecto. No tiene por qué ser simpático: debe ser trabajador, leal con su presidente y muy prudente en sus apariciones públicas. Después de un año de ver actuar a los ministros de Zapatero, la impresión es bastante pobre. Posar para una revista de moda no deja de ser una frivolidad ridícula en la que cayeron todas las ministras. A la vicepresidenta Fernandez de la Vega, se la mire por donde se la mire, «siempre hace esquina», como dijo Quevedo de Góngora. Ejerce de apagafuegos de sus compañeros/as de gabinete. La ministra Narbona sale de vez en cuando, poniendo la primera piedra de una desaladora. De la ministra Trujillo solo hay comentarios pintorescos. De la ministra Espinosa, se sabe que va a Bruselas y le meten goles por la escuadra. De la de Cultura, que la llaman «Doña Garrote» en su ministerio, y que va a sacar el Archivo de Salamanca: obedece la orden de complacer a Carod Rovira. De la de Educación solo se habló al principio, luego silencio. El ministro Moratinos se mete en todos los charcos que encuentra y en todos se pone perdido. Merece un artículo para él solito. Montilla barre para Cataluña. López Aguilar está encantado con su reforma de los matrimonios homosexuales Y nos queda Bono. Era «el rey de la Mancha» y aún no se sabe si aspiró al ministerio o se lo impusieron. Es el único que habla de España, se le entiende y pese a algunas cosillas, se le aprecia. Después de confesarse pacifista, pone vaselina con Estados Unidos en forma de elogios a su bandera, es lo que le han mandado. Se quedan algunos en el tintero, pero da igual. Con estas mimbres Zapatero tiene que gobernar y no es fácil. No puede esperar consejo ni apoyo en asuntos graves de un gabinete tan dislocado. Y es más difícil aún que pueda imponerles tensión y ritmo si él mismo parece no saber a dónde va. Recibe a Ibarretxe a oscuras, un ejemplo de transparencia. Lo que hablaron, los hechos lo pondrán a la luz del día. Y aunque no lo quiera ver, tiene un problema constitucional de primera magnitud con el futuro Estatuto catalán, que Maragall, Carod y Más tildan de constituyente, porque lo sitúan fuera de la Constitución. Pero Zp y sus ministros están aún con los vapores del gobierno estrenado. Pues que se despejen. El pueblo español no sólo debe saber a dónde le llevan, tiene derecho a gobernantes con visión de Estado. Ahí duele.

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