A CAMPANA TAÑIDA
Ministros
PARA LA mayoría de los políticos, ser ministro es el culmen de la carrera. Cuando fui senador pude comprobar que, en general, la labor parlamentaria era un premio de consolación. Y que el parlamentario abandonaría encantado su escaño con tal de ser director general, aunque fuese de canales secos. Hay quien se muere por ser ministro y quien no soporta el ministerio perdido. A don Niceto Alcalá Zamora le pasó eso; fue ministro con Alfonso XIII, le cesaron y se hizo republicano. Allí prosperó hasta que le echaron. También hay en la reciente historia de España un ministro que murió del disgusto 48 horas después de su cese. Pero a veces el ministerio le cae a alguien sin estar preparado para tan alto cometido. En efecto, un ministro o ministra tiene que saber a dónde va, qué objetivos quiere para su gestión, de qué recursos puede disponer al efecto. No tiene por qué ser simpático: debe ser trabajador, leal con su presidente y muy prudente en sus apariciones públicas. Después de un año de ver actuar a los ministros de Zapatero, la impresión es bastante pobre. Posar para una revista de moda no deja de ser una frivolidad ridícula en la que cayeron todas las ministras. A la vicepresidenta Fernandez de la Vega, se la mire por donde se la mire, «siempre hace esquina», como dijo Quevedo de Góngora. Ejerce de apagafuegos de sus compañeros/as de gabinete. La ministra Narbona sale de vez en cuando, poniendo la primera piedra de una desaladora. De la ministra Trujillo solo hay comentarios pintorescos. De la ministra Espinosa, se sabe que va a Bruselas y le meten goles por la escuadra. De la de Cultura, que la llaman «Doña Garrote» en su ministerio, y que va a sacar el Archivo de Salamanca: obedece la orden de complacer a Carod Rovira. De la de Educación solo se habló al principio, luego silencio. El ministro Moratinos se mete en todos los charcos que encuentra y en todos se pone perdido. Merece un artículo para él solito. Montilla barre para Cataluña. López Aguilar está encantado con su reforma de los matrimonios homosexuales Y nos queda Bono. Era «el rey de la Mancha» y aún no se sabe si aspiró al ministerio o se lo impusieron. Es el único que habla de España, se le entiende y pese a algunas cosillas, se le aprecia. Después de confesarse pacifista, pone vaselina con Estados Unidos en forma de elogios a su bandera, es lo que le han mandado. Se quedan algunos en el tintero, pero da igual. Con estas mimbres Zapatero tiene que gobernar y no es fácil. No puede esperar consejo ni apoyo en asuntos graves de un gabinete tan dislocado. Y es más difícil aún que pueda imponerles tensión y ritmo si él mismo parece no saber a dónde va. Recibe a Ibarretxe a oscuras, un ejemplo de transparencia. Lo que hablaron, los hechos lo pondrán a la luz del día. Y aunque no lo quiera ver, tiene un problema constitucional de primera magnitud con el futuro Estatuto catalán, que Maragall, Carod y Más tildan de constituyente, porque lo sitúan fuera de la Constitución. Pero Zp y sus ministros están aún con los vapores del gobierno estrenado. Pues que se despejen. El pueblo español no sólo debe saber a dónde le llevan, tiene derecho a gobernantes con visión de Estado. Ahí duele.