Diario de León
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VALENTÍ PUIG
León

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LOS ELECTORES británicos han castigado a Tony Blair por sumarse a la guerra de Irak pero le dan la mayoría por una gestión económica eficaz que corresponde a George Brown y cuyos aciertos provienen de los tiempos de Margaret Thatcher. Consecuentemente, ahora se trata de saber cuando creerá Blair oportuno dejar de ser primer ministro para que Brown ocupe su puesto. Para los conservadores, la perplejidad prosigue, huérfanos, sin saber el destino de una tan larga marcha. Aumenta la desconexión entre la clase política y la sociedad, como para confirmar las tesis de la posdemocracia. Con Tony Blair y Gordon Brown de nuevo en sus residencias de Downing Street, quedan este mes dos votaciones de importancia para Europa. Día 22, votan las gentes del 'lander' alemán más populoso, Renania del Norte-Westfalia, donde la coalición entre socialdemócratas y ecologistas está perdiendo terreno. Paro, malestar económico, efectos de la ampliación europea: el electorado del «lander» parece preferir dar el poder regional a una coalición liberal-democristiana. El vuelco debilitaría la posición de Schröder además de trastocar los parámetros políticos de una zona de Alemania -de extensión similar a la de Bélgica y Luxemburgo juntos- que lleva casi cuatro décadas en manos de la socialdemocracia y del corporativismo sindicalista. L a tercera votación, -día 29-, es el referéndum francés sobre el Tratado Constitucional europeo, con encuestas oscilantes que sugieren la posibilidad de un «no» que dañaría los artilugios íntimos de la Unión Europea y dejaría a Jacques Chirac muy malparado. Todos los instintos anti-liberales y proteccionistas de la vieja Francia han reaparecido en esta campaña, con el incentivo de la presencia de Turquía a las puertas de la Unión Europea. Con diez años en el Elíseo, Chirac parece haber perdido olfato, tal vez porque persiste en la creencia de que la integración europea todavía es un invento francés. Por otra parte, como ocurrió con Mitterrand, el actual presidente de la república ya está más preocupado por su sucesión que por el recorte del gasto público o el futuro de Francia. Según la tesis maliciosa de un ensayo de Guy Benhamou, para las elecciones presidenciales de 2007, Chirac ya ha pactado con el socialista Jospin para ayudarle a llegar al Elíseo a condición de que le garantice inmunidad para sus cambalaches. Del mismo modo Mitterrand y Chirac, a inicios de los ochenta, pactaron descalabrar a Giscard. Ese es un maquiavelismo de naturaleza más predemocrática que correspondiente a los vicios y virtudes posdemocráticas. Empeñado en realzar los valores tan volátiles del Nuevo Laborismo, Colin Crouch reflexionaba en el ensayo 'Posdemocracia' sobre los efectos de la globalización en la capacidad de los gobiernos, en una fase de nuevos activismos -ONGs, movilización de nuevas identidades, etc.- que sobrepasan el sistema de partidos. Al margen de la propensión de Cruch hacia las entelequias de la democracia participativa, partes de su diagnóstico son aplicables tanto a las elecciones generales británicas como a las de Renania del Norte-Westfalia o al referéndum francés. La democracia-espectáculo, sin una agenda pública real, banaliza la política y incrementa la pasividad de los votantes. Mientras, la política de poder se practica con la menor transparencia posible. Puestos así, el mayor experimento posdemocrático a la vista es la UE. Por contraste, los candidatos británicos se han pateado sus circunscripciones luchando voto por voto. Por su parte, los social-demócratas de Renania del Norte-Westfalia optan por ponerse a debatir los riesgos del sistema capitalista y por demonizar los beneficios empresariales. A lo mejor creen que ese es el mejor modo de no perder la hegemonía en una zona muy castigada por el paro. En todo caso, no sería un método posdemocrático porque una de las mejores decisiones de la socialdemocracia europea fue dejar de decir que los empresarios son una plaga bíblica.

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