FRONTERIZOS
El arlequín de Tino
AQUÍ ESTÁS, Tino: si ahora levanto la vista de la pantalla informática hay un Arlequín que quizá quiere mirarme desde la pared; una figura vertical con más blanco que negro, que tal vez cruza las manos y espera, no sabemos qué o a quién. Aquí estás, Tino, inconfundible en esas manchas que juegan al realismo sin llegar nunca a serlo, con un perfil que aprendiste leyendo desde los prados de Villamartín el capricho de la piedra y el huerto que cambian para seguir siendo lo mismo. Siempre me lo dijiste: «Soy ilustrador porque soy berciano». De esta luz cambiante, de estos brillos en otoño, de las nieblas infinitas y melancólicas que beben del Sil nació el artista. Por las bibliotecas chinas debe andar aquella edición de Macbeth en la que el castillo asediado por un bosque era la fachada de la fortaleza ponferradina. En la mano tengo el primer título de la colección Calle del Agua, que los bibliófilos buscan inútilmente en las librerías de viejo, en el que los versos de Pereira comparten espacio con hombres que se encuentran en un camino y se dan la mano, no sabemos porqué: tus figuras, Tino, sugieren siempre más que muestran, no son ilustraciones sino apuntes poéticos que amplían el sentido del texto al que van atadas. Mayores vamos cuando nos tiramos al género de la necrológica, pero tu desaparición es una triste noticia para esta tierra, con la que siempre tenías una visita pendiente, y todas las líneas que podamos escribir los que te conocimos no pagarán las deudas que tenemos contigo, los libros que no publicamos, los talleres que nunca acabamos de montar... Pero aquí sigue el arlequín, en actitud de homenaje a la firma que le dio vida: T. Gatagán.