Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LA VANIDAD es un espejo deformante. El ego cuando alcanza proporciones desmesuradas,  tiende a expanderse mediante la invención. Enric Marco, quien fue hasta hace poco presidente de Amical de Mauthausen, nunca estuvo en ese campo de concentración nazi. Fingió un pasado, la horrible vivencia que otros hubieran querido no vivir. Según él, para «difundir mejor el sufrimiento de las víctimas». Sentido mediático no le faltó nunca. Los supervivientes reales le debieron de parecer demasiado proclives al silencio. Pero si a algo obliga la experiencia del mal es a la rectitud de conducta. El periodista Cándido se inventó en 1956  sacerdotes asesinados en la guerra civil, al  escribir como negro para Pérez de Urbell. Tampoco en este caso la realidad necesitaba del añadido, pero siempre es más cómodo inventarse algo que documentarlo. A veces, lo que en principio sólo es un farol de tasca, antes unos amigotes o correligionarios, prende más de lo esperado y pasa a formar parte de los pilares de un embuste de décadas. Siempre es el ego el que miente. La tentación del aplauso. Marco no entendió nunca, pues la vanidad se lo impedía, que la  lucha más meritoria es la que se acomete por aquello con lo que aparentemente no se tiene relación: un europeo busca fondos para África... una estadounidense sana lucha por los leprosos... un joven nos conciencia sobre la memoria histórica... Sólo quien no ha comprendido las  leyes del compromiso necesita de la vivencia biográfica directa para justificar su lucha por los demás. Pobre devorador de hazañas bélicas.

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