Diario de León
Publicado por
Marta Cimas Hernando
León

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Recuerdo cuando, de niña, los sábados por la mañana había en mi casa una especie de ambiente conventual, a pesar de los diez niños que allí vivíamos. Mi madre y mi abuela hacían denodados esfuerzos para contener nuestra energía infantil porque «papá está durmiendo». Esta frase tan repetida por mis mayores me hacía meditar mucho sobre el periodismo, la profesión de mi padre, que trabajaba por entonces en un diario vespertino y tenía que robar a la mañana algunas horas para descansar tras haber cerrado de madrugada el periódico de la tarde siguiente. Recuerdo cuando, también niña, mis hermanos y yo íbamos, algún domingo que otro, a acompañar a mi padre al periódico a «llevar algún papel» y sus compañeros nos obsequiaban con variados tesoros que nos fascinaban: los moldes de hierro de los titulares que habían salido publicados unos días antes, uno de los tubos que utilizaban como medio rápido de transporte para enviar mensajes de la Redacción a los Talleres o, incluso, una Coca-Cola que sacaban para nosotros de la máquina con una moneda de cinco pesetas. Recuerdo la especie de halo entre mágico y misterioso que para mí tenía la profesión de mi padre y todo lo que la rodeaba y que hacía que percibiera el periodismo casi como una vocación sacramental. Esta visión que del mundo periodístico tenemos quienes, sin ser periodistas, hemos vivido de alguna manera la esencia del oficio, es muy difícil de entender en la actualidad. Supongo que la proliferación que se da actualmente de falsos periodistas (hoy en día casi cualquier «famosete» se considera preparado para ejercer esta profesión), los vapuleos a los que se somete en los medios de comunicación de masas -sobre todo en la televisión- a nuestro idioma, el recurso casi machacón al insulto, han mermado de forma importante la consideración que del periodismo tiene la generalidad de la gente. Hace años, la crónica social en la prensa española consistía en una pequeña referencia a tal o cual cosa del político o del famoso del momento. Constituía la cara amable y anecdótica entre las noticias del día y cumplía la función de «colorear» un poco la actualidad. Hoy, la proporción se ha invertido: son muchos los medios que se dedican a la prensa rosa. Lo anecdótico se ha convertido en lo cotidiano y la información general casi en especial. Este periodismo se opone frontalmente al que mi padre llama «periodismo de resoluciones y contexturas éticamente sólidas». Lamento que los periodistas vocacionales, que los hay, queden relegados a un segundo plano como consecuencia del «imperio del morbo y el cotilleo» en el que vivimos instalados. El cine ha reflejado el mundo de la prensa con fortuna en muchas ocasiones, desde el «celuloide rancio» de los años 30 y 40 del siglo pasado a los actuales largometrajes hechos con toda suerte de medios y efectos especiales. En toda la filmografía que sobre este tema existe encontramos incontables ejemplos de los diferentes «biotipos» de periodista: el satírico canalla envenenado por la profesión, al que todo le vale, como es el caso de los personajes que interpretan Cary Grant en «Luna Nueva» (Howard Hawks, 1940) y Walter Matthau en la versión que hizo Billy Wilder en 1974, con su «Primera Plana»; está también el periodista-investigador que interpretan Dustin Hoffman y Robert Redford en «Todos los Hombres del Presidente» (Alan J. Pakula, 1976); el empresario periodístico poderoso y sin escrúpulos que interpreta Orson Welles en su «Ciudadano Kane» (1941) o el periodista paternalista de la serie «Lou Grant». Todos estos personajes, siendo tan diferentes, tienen en común el llevar en las venas tinta de rotativa, el amor casi desmedido a su profesión, y hacen verdad la máxima de que el periodismo es más una forma de vida que un oficio. Hace unos días ordenaba fotos antiguas y, entre ellas, me encontré varias de mi padre en su juventud, en Redacciones de periódico, rodeado de sus compañeros de trabajo. Hay un detalle que me ha llamado siempre mucho la atención en estas fotos: la expresión de la cara de sus protagonistas, que es la de quien proclama su profesión y se siente a sus anchas en ella, todos tienen, en esas fotos, «cara de periodistas», si es que eso existe. Y es que creo que sí, que eso existe y que el oficio de periodista, como todos, se va puliendo y perfeccionando con los años, pero también creo firmemente qu e periodista se nace. En un artículo de mi padre sobre su profesión y sobre el patronazgo de S. Francisco de Sales decía que el periodista ha de trabajar «[¿] en un trasiego erizado de luchas, dificultades e intereses ajenos contrapuestos para el logro de una perla de rara belleza: la verdad.» Añadía que «[¿] el periodismo debe ser ejercido con asunción de responsabilidades, preparación -mejor, si es universitaria- y cierta facultad olfativa. El periodista se hace, desde luego; y a fuerza de dotación cultural, memoria y sintaxis surgieron destacados periodistas. Se hace, sí. Y, sobre todo se nace para este cometido obsesionante y puñetero, ladrón y un poco esquizofrénico». Hoy estamos de celebración familiar. Nos reunimos toda la familia -y sabe Dios que reunir a mi numerosa familia no es fácil- porque celebramos el cumpleaños de mi padre, Enrique Cimas. Sin embargo, éste no es un cumpleaños más, hoy celebramos que hace 80 años¿ nació un periodista.

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