LA VELETA
El valor de laspalabras
LAS PALABRAS significan lo que significan y tienen cada una de ellas un valor. Pero nuestro presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, pretende lo contrario; para él las palabras tienen un significado en función del momento histórico y político, de manera que pretende acabar, por obra y gracia de que es presidente (cargo temporal donde los haya), con el pacto al que hemos llegado los hombres desde los albores de la Humanidad sobre lo que significan los sonidos y signos para entendernos. Los nacionalistas catalanes, y no hay nadie más nacionalista que Pascual Maragall, pretenden que en su renovado Estatuto de Autonomía se diga que Cataluña es una nación. En mi opinión, tienen todo el derecho a pedirlo. Naturalmente, Maragall y Carod defienden la inclusión de ese término por lo que significa, por su significado exacto. De manera que Maragall y Carod son coherentes con sus pretensiones políticas. El que no lo es, es Zapatero, que quiere convencernos de que decir que Cataluña es una nación no tiene importancia. A mí me parece que el presidente debería de ser valiente. Y la valentía pasa no por querer engañar a los ciudadanos intentando convencerles, con una campaña de imagen y marketing, de que hay que ser «modernos» aceptando el uso de las palabras porque el significado de éstas no tiene porque ser literal. Naturalmente, a los nacionalistas poco les importa el cómo se justifique Zapatero, porque ellos pretenden un objetivo, en este caso que se diga que Cataluña es una nación. Pasa lo mismo con la palabra matrimonio. Cuando desde el Gobierno se dice que qué más da que a las uniones entre gais se las califique de matrimonio, que se trata sólo de reconocer derechos, y no, las dos cosas no son las mismas. Una cosa es reconocer unos derechos, igualar los derechos de las parejas homosexuales a los de las parejas heterosexuales, y otra cosa es utilizar la palabra matrimonio. Se puede estar a favor o en contra de que los gais llamen a su unión legal matrimonio, pero lo que no se puede decir es que tanto da calificarlas así. Otra cosa irritante del presidente es cómo cambia el timbre de su discurso dependiendo dónde esté. Si se va a León, es más nacionalista español que nadie; si se va a Cataluña, juega al equívoco. Así las cosas, me parece una frivolidad pretender que el término «nación» sea lo mismo que nacionalidad y que no pasa nada porque se diga que Cataluña o el País Vasco son naciones. Para cambiar la Constitución tiene que haber consenso, y desde luego es ineludible que los ciudadanos nos pronunciemos al respecto. Se puede estar a favor o en contra de que Cataluña sea una nación, lo que no se puede es decir que da lo mismo que se denomine así o de otra manera.