EL MIRADOR
Cómo informar sobre actos terroristas
LA MATANZA producida en el Metro de Londres por los islamistas fanáticos ha recordado otra serie de atentados anteriores perpetrados por pautas parecidas, y ha forzado a reflexiones también similares a las de tragedias anteriores. Hay dos 'escuelas' o prácticas: según la más extendida, se proporciona al lector, al televidente, todo lo que es posible, sin excluir las fotografías más pavorosas y terribles. Predomina el rojo de la sangre derramada. La otra 'escuela', puesta en práctica cuando las Torres Gemelas de Nueva York y ahora en el metro londinense, trata de evitar que lleguen a los ciudadanos esos impactos más sangrientos. Son, apenas, atentados 'de chapa y carrocería'. La filosofía es clara: se trata de evitar darle al terrorista lo que éste busca: aterrorizar a los ciudadanos con las imágenes más desasosegantes y terribles, lo que sin duda proporciona la idea de que su crueldad es perfectamente comprobable y no tiene límites. En nuestro país, experto como pocos en actuaciones terroristas, y durante muchísimos años, se ha debatido a menudo a qué escuela conviene alinearse y qué clase de periodismo conviene desarrollar cuando se trata de informar de atentados mortales. Probablemente los años de represión y censura han dado paso a una modalidad de información sin la menor limitación y que, por consiguiente, arremete contra cualquier sensibilidad. Recuérdese la queja que reiteraron los familiares de las víctimas del terrorismo, que consiguieron, finalmente, que cuando se cumplió el primer aniversario de la matanza de los trenes de cercanías, no se reprodujeran las imágenes más pavorosas de aquella dolorosa tragedia. Por esa vez, se impuso el deseo de los familiares a un presunto derecho a la información que no tiene ninguna clase de barrera ni limitación. Probablemente, a los propios terroristas les complace mucho más el periodismo más provocador, más sanguinolento, que no necesita explicaciones porque la crudeza de las imágenes no deja lugar a la imaginación. El terrorismo, con esas imágenes explícitas y realmente brutales, alcanza a dar un segundo y tremendo golpe: el primero fue contra las víctimas, el segundo, va dirigido a la opinión pública. Los británicos, como los norteamericanos, decidieron controlar las imágenes, y apenas llegó a divulgarse media docena de fotografías de personas heridas y sin apenas derramamiento de sangre. Facilitó la aplicación de esa filosofía el hecho de que los atentados se produjeran bajo tierra. Sólo algunos heridos en superficie alcanzan a verse reflejados en los teléfonos de algunos ciudadanos que pasaban por allí. En el resto, ha prevalecido la razón de Estado: una información de bajo perfil que no satisfaga, ni mucho menos, lo que hubieran querido los autores de los crímenes.