Diario de León
Publicado por
ANDRÉS ABERASTURI
León

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LA MUERTE del rey Fahd de Arabia Saudí da la vuelta al mundo y conmociona especialmente a España; y en particular a Marbella, donde el Rey muerto tenía un palacio descomunal; quienes más le lloran en la ciudad que fue de Jesús Gil son los joyeros y los anticuarios, también los floristas y los curritos de a pie que hacían cola a las puertas de su palacio para pillar un sueldo desorbitado y unas propinas sin sentido. El monarca muerto y lo que representa no me merecen, ni siquiera en esta hora obligada de los elogios, el menor respeto. Han sido el ejemplo más palpable de lo que no puede ser una familia real ni una clase política. Es cierto que alguien argumentará que desde hace unos pocos años se está tratando de modernizar el reino, pero no es menos cierto que buena parte de las acciones emprendidas en este sentido han sido por lo menos contradictorias e interesadas: por una parte pretenden frenar el avance integrista y por la otra han hecho concesiones para contentar a los ortodoxos; han ayudado a los palestinos y se han entregado en brazos de los norteamericanos, y si a algo temen es a perder el fabuloso poder que tienen gracias a los petrodólares. Pero no se trata ahora de hacer un discurso en clave política, de explicar las alianzas y los desacuerdos de un gobierno, porque casi todos los gobiernos que en el mundo son tendrían, en este sentido, mucho que callar. Intento solamente atender al Rey muerto y a su larga y extraña familia, ésa que se gastaba en una sola noche en una mesa de casino el presupuesto nacional de cualquier país de su entorno, que fletaba los aviones llenos de prostitutas, carne fresca para todos, mientras se declaraban guardianes de La meca y de Medina.

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