Diario de León

TRIBUNA

Morir al lado de los árboles Pero... ¿existió un reino de Castilla y León?

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FLAVIANO CASAS MARTÍNEZ RICARDO CHAO PRIETO
León

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A VOSOTROS queridos compañeros que disteis la vida en los montes a cambio de tan poco. Trabajadores y agentes medioambientales de Castilla-La Mancha hermanados por el crisol del fuego a los forestales de Castilla y León en Ponjos (cinco muertos, más otros dos en los montes de Oencia), todos inolvidables además de numerosas víctimas de los incendios forestales. Como agente medioambiental en Palencia, próximo a la jubilación quiero apelar al derecho de Libertad de Expresión, con el fin de manifestar lo que pienso y siento para no ser objeto de expediente disciplinario, tal como lo fuera cuando denuncié en un artículo la muerte de los compañeros de León. La tarde en que se inició el fuego de Guadalajara viajaba por Almazán, Medinaceli, Maranchón, Molina, Anquela, Monreal, etc. apreciando gigantescas llamaradas, columnas de humos de más de cien kilómetros, y el sol reverberante del tamaño de una naranja, además de dos helicópteros de reconocimiento. A partir de aquí llega el desastre ecológico y la muerte de once trabajadores, teniendo como causa: «el cambio de viento». Idéntica justificación se dió en León por la pérdida de vidas humanas en los montes. Pero las muertes, todos sabemos, no se deben a la fatalidad; sino a meter a los trabajadores en medio de una maraña de frentes de humo y fuego, de la que es imposible escapar. ¿De quién partió la orden de intervenir en estas condiciones?. Los incendios desarrollan su propia dinámica, de la que surgen los cambios de viento convectivos. Según esta característica, echar la culpa a un fatídico cambio de viento equivale a evadir responsabilidad en la línea de mando. Resulta vergonzoso escuchar las declaraciones de políticos, e incomprensible las del señor Pugsé, presidente de Tragsa: «grandísimos profesionales con mucha experiencia, los bulldozer son nuestra especialidad». Siembran confusión cuando hablan de «brigadas, retenes, cuadrillas, obreros, guías, guardas, agentes forestales, medioambientales, etc.. Qué pupurri de letras se meten en la talega de la abstracción, junto a excelentes profesionales perdidos en más de dos siglos de ricas experiencias forestales. ¿Qué representan las Autonomías en estos desastres montaraces?-Nada de positivo. ¿Por qué desapareció el ICONA, entregando funciones de bombero en verano y de repoblador en invierno a una empresa pseudo-privada que adquiere formas de carácter estatal? El teniente alcalde de Luzón manifestaba: «descoordinación total, sin cortafuegos, sin accesos, todo abandono y desidia. Dos aviones, y al tercer día nueve. Falló la coordinación y el mando». Los calendarios de incendios en Palencia ofrecen turnos de trabajo como estos: tres días de servicio ordinario, más siete de incendios en jornada de veinticuatro horas consecutivas. Total, diez días seguidos. Estas jornadas son inhumanas, con el consentimiento de la junta de personal y autoridades políticas. Respecto a la jerarquía y al mando, en la escala de agentes medioambientales y forestales, los cargos se otorgan en su mayoría en comisión de servicio, sin la debida cualificación académica, recurriendo a los cursillos oficiales y sindicales como tabla formativa de salvación. Me uno finalmente a los agentes forestales y medioambientales de España en recuerdo de cuantos supieron morir al lado de los árboles. No son los pirómanos quienes encienden los montes, sino la permisividad (está autorizado encender barbacoas), el abandono (restos de podas tiradas debajo de los árboles), la incapacidad y la ineficacia en las labores preventivas. ¡Los incendios se apagan en invierno!. EN LA ÉPOCA actual, es muy corriente encontrarse en círculos de historiadores próximos a la Junta una constante identificación entre la actual comunidad autónoma y la histórica Corona de Castilla. Este error (intencionado, como veremos), llega a extremos como denominar «reino de Castilla y León» a la mencionada Corona. Estos historiadores «oficiales» de la Junta son los que tienen la mayor resonancia y alcance a nivel estatal, por lo que están consiguiendo que estas manipulaciones estén apareciendo en obras de alcance más general. ¿A qué se debe esta confusión? Los pergeñadores de la identificación mencionada la retrotraen al año 1230, año en el que, según ellos, se unen los reinos de León y Castilla. Esto es inexacto. No se unen dos reinos, sino dos Coronas. En terminología historiográfica, una Corona es la unión de varios reinos. En el caso que nos ocupa, la Corona de León incluía los reinos de León, Galicia y Asturias, y el territorio de la Extremadura Leonesa. Por su parte, la Corona de Castilla estaba compuesta por el reino de Castilla, el reino de Toledo, y los señoríos de Guipúzcoa y Vizcaya. Todos estos territorios quedaron unidos en la persona de Fernando III, pero continuaron conservando su personalidad e identidad, y así todos los reyes se intitularán como «rey de Castilla, de León, de Toledo, de Galicia, etcétera». Aquí hay que resaltar que ningún rey, en toda la Historia de España, se intituló «rey de Castilla y León»: sin embargo, hoy en día es frecuente encontrarse con afirmaciones como «Alfonso XI, rey de Castilla y León, inició una política de unificación legisladora...». Esto es inexacto y puede llevar a equívoco: ¿dónde quedan Galicia, Extremadura, etc.? ¿Desaparecieron de la Historia de España sin dejar rastro? Por eso es más correcto denominar al conjunto de estos reinos como «Corona de Castilla», ya que ese fue el reino que tuvo la mayor preponderancia, y, de hecho, los extranjeros identificaban como «castellanos» a todos sus habitantes, sin importarles que fueran gallegos, asturianos, leoneses, andaluces, etcétera. Por supuesto, todo esto tuvo su reflejo en los mapas: en todos ellos, desde el sigloXVI al siglo XX, los distintos reinos (luego regiones) siguen apareciendo sin excepciones. En algunos pueden variar los límites según la época del mapa, pero siempre se distinguen los territorios de Galicia, Asturias, León, Castilla (La Vieja), Toledo (o Castilla la Nueva), Extremadura, etcétera. Curiosamente, nunca aparece un territorio que se llame «Castilla y León», ni, mucho menos, se engloba a León dentro de Castilla la Vieja. La identificación que defienden la Junta sus adláteres no existió nunca a nivel oficial. En cuanto a los símbolos adoptados por la Junta, también llevan a equívoco. Así, no resulta extraño estar frente al Ayuntamiento de Oviedo (o el de Avilés), y observar que el escudo principal de la fachada es presuntamente el mismo que el de la actual autonomía de Castilla y León. Evidentemente, la intención original de esos escudos antiguos no era representar a Castilla y León, sino a la mencionada Corona de Castilla. Debido a esto, podemos encontrárnoslo en edificios en Galicia, Asturias, Extremadura, e incluso en lugares tan alejados como Méjico, Perú, que estuvieron bajo el dominio de la Corona castellana. Este escudo fue acuñado por Fernando III para simbolizar la unión de las dos Coronas (que no reinos), y la Junta, con un afán historicista más que dudoso, lo adoptó como símbolo y bandera, despreciando así a todos los demás territorios españoles que estaban representados en él. En ocasiones, este escudo aparece con un escusón (un escudito central) con las flores de lis: ello nos indica que es de época borbónica, ya que los Borbones simplificaron el complicado escudo estatal de los Austrias por el más sencillo cuartelado de castillos y leones, pasando éste a representar así, no sólo a la Corona de Castilla, sino a todo el Estado español. Concluyendo: la Junta tiene mucho interés en difundir una identificación entre la comnidad autónoma actual, y la histórica Corona de Castilla, y, aunque ello es totalmente falso, a fuerza de financiar y patrocinar a ciertos historiadores y fundaciones, lo está consiguiendo. Pero la realidad es la que es.

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