EN BLANCO
La nave fantasma
EN LA VERTICAL del tórrido sur de Grecia murieron congeladas 121 personas, casi medio centenar de ñiños entre ellos. Iban a bordo de un avión convencional que se convirtió de pronto en una nave fantasma dirigida por el piloto automático, que por sus limitaciones o por desfallecimiento de su tecnología estrelló el aparato contra el monte Orrobos. Sin embargo, todos los miembros de la tripulación y del pasaje, incluidos los niños que iniciaban sus vacaciones desde Chipre, habían muerto antes de hacerse pedazos contra el suelo. A resguardo de que la investigación sobre las las causas y los pormenores del accidente, el trágico suceso contiene todos los ingredientes (la fatalidad, la envergadura, el misterio...) que usa sin querer el viajero par alimentar su inquietud al emprender su viaje. Bajo la resplandeciente capa vacacional de agosto, esmaltada de promesas, intuimos que late el corazón de los siniestros, pero solo lo escuchamos nítido, escalofriante y nítido, cuando lo vacacional resulta ser protagonista y víctima de la tragedia, bien en el caso de los campings abrasados por camiones cisterna o anegados por las aguas, en el de los cruceros de placer que naufragan, en el de los bañistas que se ahogan en playas preciosas, en el de los muertos que se cobran las carreteras en las fiestas de la Virgen de Agosto, o en el de los que se matan en las atracciones, de los partes temáticos sobre todo. Así, los pilotos de los cazas que se acercaron al avión siniestrado vieron que nadie lo conducía, a penas ese piloto automático que permaneció impávido, helado también seguramente según se acercaba el monte Orrobos.