Diario de León
Publicado por
RAMON PI
León

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ESTUVE EN BILBAO. Ir a los sitios ayuda mucho a explicarse algunas cosas que, vistas desde fuera, pueden parecer incomprensibles o absurdas. Tal ocurre, por ejemplo, con el fenómeno del nacionalismo vasco. No me refiero a la coartada de los asesinos de ETA, sino a eso que llaman «nacionalismo moderado». El caso es que compré los periódicos locales y en los tres había su correspondiente sección de esquelas mortuorias. Como es habitual, encabezando la mayoría había una cruz; pero también había algunas esquelas, en las tres publicaciones, presididas por un lauburu, esa cruz gamada de orígenes remotos con los bordes redondeados, que el nacionalismo vasco ha hecho uno de sus símbolos. Yo comprendo que la esquela de un no cristiano no esté presidida por una cruz. Pero un lauburu me causa la misma impresión que si apareciese una esquela con el escudo del Betis. Comenté estas cosas con un buen amigo con quien se puede hablar con franqueza, y me dijo: «No exageres ni te escandalices. Es cuestión de sentimientos, y los sentimientos no son siempre racionalizables; por eso es posible que alguien dispusiera que en su esquela figurase el escudo del Betis, si fuera lo bastante fanático de ese equipo». Entonces lo entendí. Mi amigo había pronunciado la palabra clave: fanático. El fanatismo consiste precisamente en eso: en absolutizar lo que es relativo. Es una forma de desarreglo mental evidente. Lo que ya no es tan evidente es que el fanático se dé cuenta de que lo es. Y me parece que justamente eso es lo que está ocurriendo en el nacionalismo vasco: el lauburu en las esquelas.

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