Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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ALGUIEN LLORA a muchos kilómetros de aquí. No sabes su nombre, y es tu hermano.  ¿No es misteriosa la condición humana? Las dolorosas imágenes que nos muestra la televisión son un paseo a lo largo del horror, pero, al mismo tiempo, como luz irrumpiendo de la ciénaga, siempre hay algo que te permite seguir creyendo en el hombre, aunque sólo sea en su fragilidad, en su condición de junco. Cada día, las páginas de los periódicos nos anuncian espectaculares innovaciones tecnológicas para el móvil o el ordenador, que quizá nadie reclamaba, pero, de repente, la naturaleza muestra su ira y recordamos que no somos tan diferentes de nuestros antepasados más remotos: seguimos estando a merced del agua y del fuego, de la guerra, del amor...¿No es misteriosa la condición humana? Un coche bomba estalló ayer en Irak y dejó once muertos. Un avión se estrelló en Sumatra y murieron 141 personas. Nuestras carreteras han vuelto a quedar sembradas de muerte. Y hoy mismo alguien agredirá a la mujer que un día dijo amar. Pero en el caos, en el horror, en el derrumbe son más quienes no desean ser monstruos, como aquel personaje de Ionesco que mientras todos en su ciudad se iban convirtiendo en rinocerontes, y lo aceptaban como inevitable, grita en la última escena: «Soy un hombre, no un rinoceronte».  Ahora se suelen preferir términos como justicia o solidaridad a compasión, pero los tres son matices de un mismo anhelo, no se anulan. Un desconocido sufre a muchos kilómetros de nosotros, y su dolor no nos es indiferente. ¿No es misteriosa la condición humana?

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