Diario de León
Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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LAS TRESCIENTAS personas contagiadas de hepatitis-C por el anestesista Juan Maeso se suman al alto número de enfermos que lo son por haber contraído su enfermedad en los hospitales, si bien la singularidad de este caso que comienzan a juzgar los tribunales radica en que el contagio no se produjo por fallo del sistema, sino por el de un hombre, a menos que en el juicio se establezca, aunque parece improbable, su inocencia. Miles de ciudadanos son víctimas cada año de las llamadas enfermedades iatrogénicas, aquellas que tienen su origen en las consultas médicas y en los hospitales. Bien a causa de las pseudomonas hospitalarias, o de un mal diagnóstico, o de un mal tratamiento, esos pacientes incorporan a sus organismos dolencias y patologías distintas a las que padecían cuando acudieron al médico para curarse de ellas; pero mientras que en esos casos suele ser difícil establecer la causa exacta, y mucho más la responsabilidad individual, en éste de Maeso el origen del contagio aparece tan claro como escalofriante: un hombre roto por dentro, que busca en los opiáceos dormir su dolor, lo extiende a quienes, inermes y confiados en su ciencia, aguardan en la camilla la dura experiencia del quirófano. Afirmar que Maeso es un hombre roto, ni es una aseveración gratuita ni actúa en menoscabo de su presunción de inocencia: será la justicia la que determine su eventual responsabilidad en el masivo contagio, pero cualquiera puede comprobar ya, con sólo verle y oírle en los noticiarios, sus severas roturas internas. Esa falta de empatía, de resonancia emocional con las víctimas, esa falta de piedad hacia todos y hacia sí mismo.

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