LA VELETA
¿Quién se blinda unrío?
IRRUMPE el Ebro en los medios informativos porque el presidente de Aragón, Marcelino Iglesias, ha tenido la ocurrencia de proponer el blindaje del río contra la eventualidad de un futuro trasvase. Ese blindaje debería incrustarse en la reforma de estatutaria, ya que el Ebro, según Iglesias, «es nuestra fuente fundamental de recursos». No se trata, sin embargo, de una fuente «histórica», como ciertos derechos invocados por algunos nacionalistas catalanes. Al suspender el Gobierno socialista el Plan Hidrológico Nacional del PP, en el que se contemplaba el trasvase del Ebro hacia las zonas más secas de Valencia, Murcia y Andalucía oriental, surgieron lógicas tensiones territoriales, defendiendo Cataluña y Aragón sus derechos sobre un río cuyo cauce las atraviesa, y reclamando el litoral del sur solidaridad para el disfrute de unas aguas que, al fin y al cabo, vierten al mar. Y como el presidente Iglesias propuso que el blindaje se incluyera en la reforma del estatuto aragonés, los alarmistas más sensibles a los brotes de incoherencia autonómica han reaccionado con cierta cordura, preguntándose dónde vamos a parar . Y el propio Iglesias ha dado un paso atrás, diciendo que se trata en el fondo de que Aragón haya de emitir su opinión «antes de que se haga cualquier cosa en el río». Y eso puede incluirse en el estatuto. La ministra de Medio Ambiente recordó ayer que la legislación española y europea reconoce la unidad del cauce de los ríos que atraviesan varios territorios, por lo que el Gobierno central tendrá siempre la última palabra en la gestión de ríos como el Ebro. Sobre el trasvase o no del Ebro hay opiniones encontradas e indemostrables por ahora, pues el trasvase hubiera tardado años, lustros, en mostrar su supuesta eficacia, y las opciones alternativas del Ejecutivo socialista, encaminadas a desalar el agua marina, gestionar correctamente los acuíferos y canalizar debidamente las aguas de riego, que ahora se pierden estérilmente en un alto porcentaje, se realizan a un ritmo demasiado lento para la urgencia de las necesidades que deben satisfacer. De ahí que Aragón se sienta sacudido intermitentemente por calambres de pánico cuando alguien reabre el asunto del trasvase, como suelen hacer los políticos del PP. Es así en cierto modo lógico que el presidente aragonés tenga ocurrencias en defensa del río que «es nuestra fuente fundamental de recursos», y que los procesos de reformas estatuarias en los que aparecen deseos de blindaje, basados en derechos históricos o en aguas fluviales, desconcierten a la ciudadanía menos persuadida de la necesidad de estatutos amplificados. A veces da la sensación, con Rajoy, de que «estamos disparatados».