CON VIENTO FRESCO
Esquizofrenia socialista
EL PASADO VIERNES, Rodríguez Ibarra escribía en Abc un artículo que refleja bien la confusión ideológica y la esquizofrenia política que viven muchos socialistas españoles. Decía el presidente extremeño, después de señalar cómo el rancio discurso nacionalista ha contagiado a la izquierda, que los que como él apuestan por una España descentralizada, diversa y cohesionada están perdiendo espacio frente al patrioterismo de Esperanza Aguirre y el nacionalismo desvertebrador de Artur Mas, pues no son capaces de encontrar su sitio entre unos y otros. Ibarra afirma que le da igual la opa de Gas Natural y dónde tendrá su sede la nueva empresa eléctrica; pero no acepta que los catalanes pretendan blindar el rendimiento económico e impositivo de la factura eléctrica. Se niega a que los nacionalistas blinden su financiación, pues desea una mayor solidaridad interterritorial. Parece que algunos socialistas aún no se han enterado de que el nacionalismo no trata de entelequias históricas o folklóricas sino de blindaje económico. A lo largo de estos dos últimos siglos, desde la revolución francesa, Europa ha vivido un proceso de consolidación -en muchos casos de construcción- y reforzamiento del estado nacional. Frente a la atomización del Antiguo Régimen, el liberalismo favoreció la unificación nacional para homogeneizar bajo leyes comunes a los territorios integrados bajo un mismo estado. Al mismo tiempo garantizaba la libertad política de los ciudadanos mediante el principio de la separación de poderes. Poco después se democratizaba el estado a través de la lucha por el sufragio universal. Las ideas socialistas y la práctica de los partidos socialdemócratas, por último, contribuyeron de modo decisivo a la aprobación parlamentaria de leyes que mejoraron la condición social de los ciudadanos. Entre éstas, la existencia de una fiscalidad progresiva ha posibilitado todos los avances en seguridad social y en políticas sanitarias, educativas y hasta lograr incluso un fuerte sector estatal en la economía. Desde finales del siglo XX, tras la desintegración del comunismo soviético y el triunfo del capitalismo -el fin de la historia de Fukuyama-, asistimos a un ataque sistemático contra el estado nacional y, por tanto, contra las políticas sociales que encarna. Dicho ataque tiene dos frentes: exterior e interior. El exterior busca superarlo mediante la creación de entidades supranacionales, como la Unión Europea. No se trata, aunque se venda como tal, de una construcción política sino de un gran mercado en el que se han eliminado todas las trabas al desarrollo del capitalismo y al enriquecimiento de las oligarquías económicas con el apoyo de los políticos. Existen instituciones como el parlamento europeo, pero no hay una fiscalidad común y, por tanto, las desigualdades territoriales y sociales son evidentes entre los países que la integran. El otro frente de ataque, aún más peligroso, son los nacionalismos que buscan desvertebrar el estado nacional favoreciendo unas regiones frente a otras, como vemos en España y en Italia. En España, los socialistas que, por coherencia ideológica, deberían defender el estado nacional para impedir la desigualdad social y lograr una mayor vertebración y cohesión territorial, hacen todo lo contrario. Están pillados por su pasado histórico de lucha contra el centralismo franquista, que no son capaces de superar, y que constituye una rémora en la visión y solución del problema. Al PP le ocurre lo contrario. En realidad, como las derechas de Cataluña y el País Vasco, debería defender los intereses de la oligarquía y favorecer el nacionalismo y la desvertebración social y territorial; pero por su herencia franquista, el PP es, por ahora, defensor del estado nacional y, en ese sentido, objetivamente, lleva a cabo una política social y de cohesión territorial más progresista que el PSOE. Esta paradoja es la que provoca la desazón y esquizofrenia de los socialistas, que no se aclaran si son de izquierdas o de derechas.