LA VELETA
Frontera de Europa
LAS ALAMBRADAS nunca han detenido la Historia, ni los fenómenos migratorios se han paralizado ante un muro. En Melilla se recrudece estos días el drama de unos seres humanos que han decidido abandonar la miseria absoluta para acercarse a la opulencia, a miles de kilómetros del lugar de partida. Es el hambre, en sus variadas manifestaciones, en busca del paraíso europeo que predica la televisión globalizada. Pero del sueño de la inmigración sólo se despierta en el lugar de destino, cuando tantas veces la realidad cierra el maletín de sus ofertas, negando el derecho de residencia y el permiso de trabajo, lo que abre las puertas de la explotación laboral, de una cierta esclavitud. No es demagogia. Ha sucedido y sucede. Y en este país. El delegado del Gobierno en Melilla mostraba ayer su lógica preocupación por esas avalanchas de subsaharianos que traspasan en gran número las vallas de alambre de espino y el despliegue de la Guardia Civil. Actúan, al parecer, estos inmigrantes con violencia en sus acometidas a las alambradas, cuyas púas rasgan músculos y disuaden de saltarlas a los más pusilánimes. Por eso caen en suelo melillense/español los mejores, considerando así a quienes han superado pruebas casi inhumanas de supervivencia en su larguísima aproximación a la fronteras de espino, donde no se detiene ni la inmigración ni la Historia. Por eso está abarrotado en Melilla el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, con capacidad para cuatrocientas personas, triplicadas ahora, por lo que el ejército ha proporcionado tiendas de campaña hasta que se traslade a la península a unos centenares de subsaharianos. Ya se han enviado a Melilla cuarenta guardias civiles de los cuerpos rurales como refuerzo de sus más de setecientos compañeros destinado allí, y siguen los trabajos para elevar hasta seis metros de altura las vallas que ahora sólo miden tres. Y va a tenderse por todo el perímetro terrestre de la ciudad rayos infrarrojos que permitan ver en la noche a los vigilantes de las vallas, y hasta se pretende extender sensores en los bosques marroquíes cercanos a la fronteras para detectar a tiempo la aproximación de personas a la frontera. Y ocurre todo esto en Europa, en la frontera más meridional de la UE, mientras por los aeropuertos de los países más opulentos, incluida España, entran inmigrantes del este europeo con su pasaporte en regla, aunque sin permiso de residencia y trabajo. No es posible detener a la inmigración, sobre todo cuando va en busca de algo tan escasamente paradisíaco como la posibilidad de trabajar.