DESDE LA CORTE
El paraíso político de Kafka
CUANDO escribo esta crónica, es imposible saber qué pasará con el nuevo Estatuto de Cataluña. Me cruzo con el diputado republicano Joan Tardá y rebosa optimismo: «Habrá Estatuto». Me encuentro con Sánchez Llibre, de CiU y me deja esta incógnita: «Esta noche presentaremos un papel que Maragall no podrá rechazar». Después, Artur Mas anunció ese mismo papel como «último gesto» para convencer a los demás y poder votar a favor. Hoy sabremos más, pero, cuando escribo, todo está abierto. Durante los últimos días hemos «matado» el Estatuto de Cataluña tres o cuatro veces y otras tantas lo hemos resucitado. Notables analistas han renunciado a hablar de este tema por una sencilla razón: se han perdido. No saben, no sabemos, de qué se está hablando. En la jornada que falta hasta la votación final, se puede «matar» y resucitar otra vez el Estatuto. Pero la situación general, pase lo que pase, recuerda una definición que hizo Fernández Miranda hace treinta años: «una trampa saducea». Si el Estatuto no sale adelante, se habrá encontrado el mejor sistema de meter a la Cataluña política -que quizá no sea la Cataluña real- en la reivindicación nacionalista permanente. Lucirá el nonato Estatuto como la frustración de la «nación catalana». La discusión ya no será si hay que redactar una nueva norma, sino quién la distancia más de la Constitución; es decir, quién se distancia más de España. ¿Y qué ocurre si sale adelante? Pues que el problema se traslada a Madrid, al Congreso. Sobre todo, a los partidos Popular y Socialista. Mucho tendrán que cambiar las cosas para que el PP vote a favor, con lo cual el problema es español: ¿es defendible un estatuto que no es aceptado por un partido llamado a gobernar la nación? ¿Puede gobernar la nación un partido que no acepta lo que propone la mayoría política de una de sus comunidades? No es extraño que la opinión pública se desentienda. Tratar de cuadrar estos escenarios provoca dolores de cabeza. Y en el PSOE, no digamos. Como gobierno, no puede aceptar nada que no sea claramente constitucional. Pero, como partido, se siente obligado a dar un timbre de gloria a Maragall. Como equipo de Zapatero, está atenazado por la promesa de asumir lo que venga de Cataluña. Y al mismo tiempo, casi la mitad de su Grupo Parlamentario se niega a aceptar que una comunidad sea llamada «nación», aunque sea en el preámbulo del Estatuto. Conclusión: esta España es el paraíso político de Kafka. Supongo que Zapatero tiene el control, pero no estoy seguro. Lo injusto es que este marasmo ha sido provocado por unos cuantos señores. En la calle, nadie ha visto aquellas pancartas que hace tiempo reclamaban: «Llibertat, amnistía, Estatut d'Autonomía». Nadie.