EL RINCÓN
Los niños, lo que ven
HAY moritos en la costa. Desde el pasado mes de enero han llegado en patera a los litorales andaluces 1.398 menores inmigrantes, más del doble que el año pasado y la red asistencial está colapsada. No se trata de tener buen corazón, sino de tener buenas camas y las redes de acogida están desbordadas desde hace tiempo. La directora de Infancia y Familias reclama el auxilio del Gobierno marroquí para evitar la salida de pateras «con niños que se juegan la vida en el Estrecho», pero los niños han oído que en la otra orilla, que puede verse en los días claros, comer no es una extravagancia, hasta el punto de que mucha gente practica esa costumbre dos o tres veces al día. No habrá quien los detenga: están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de hacer la digestión. La miseria es una gran consumidora de niñez. O se acorta la adolescencia o se precipita la edad madura, pero el caso es que en algunos lugares de este injusto planeta hay muchas personas que pasan directamente de los brazos de su madre a los brazos del destino, que suele hacer huelga de brazos caídos. Tienen que hacerse hombres muy pronto, como ese niño de apenas 10 años que se ha hecho estallar en un atentado suicida en Kirkuk, allá en el asolado Irak. El chavea, que llevaba un cinturón de explosivos, se lanzó a todo correr contra el coche en el que viajaba un alto mando de la Policía, con la intención de hacerle llegar más alto todavía. Estamos ante el terrorista suicida más joven de la historia. Un fenómeno de precocidad que sin duda recogerá el estúpido libro Guinness de los récords. La cuestión inquietante es: ¿cómo se puede ser un fanático a los 10 años?. A esa edad no se puede ni siquiera soñar con las huríes del Profeta. Todavía no llaman la atención. En cambio, se empieza a oír la llamada de la desesperación con bastante claridad. Da igual que sean niños marroquíes o niños kurdos: les han robado la infancia.