Diario de León
Publicado por
FERNANDO DE ARVIZU
León

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CUANDO se escribe de política, un tema nunca queda agotado y siempre se puede volver a él de rebote. En los meses que van desde aquí a las elecciones municipales y autonómicas, todos los partidos van a entrar en un proceso que por momentos parecerá frenético. Los líderes apelarán a aparcar toda postura personal o legítima ambición y consagrarse a preparar aquellas elecciones. Lo dirán, pero eso no va a aquietar las aguas, pues aunque cada quien hará el trabajo que le toque, no puede evitarse que tenga la vista puesta en el día en que le digan que entra en una lista, que perdura o que sale de ella. Aunque tenga sus presentimientos nada es seguro, porque en política lo probable no es lo que suele acontecer. Es importante en esos momentos no perder la concentración, como solía decir el general Patton antes de entrar en batalla. Y para ello, los líderes han de procurar que el corral esté lo más tranquilo posible, incluso y más aún, con aquéllos de los que se quiere prescindir pues, acaso sin quererlo, puede jugarse con la misma dignidad de éstos, lo que siempre acarrea respuestas o actitudes no deseables. También es necesario que los líderes de los partidos no incurran en la levitación. Esta es lo contrario de la ley de la gravedad: un objeto flota en el aire -levita- cuando debiera estar pegado al suelo. Es una de las tentaciones del síndrome del gobernante, descrito por muchos politólogos y también por mí, aunque no me tengo por tal. No quieren dañar su imagen con tensiones locales. Les preocupan los grandes problemas que se acrecientan aún más a medida que las elecciones se aproximan, pero también les preocupan -aunque nunca lo confiesen- las tensiones que se generarán en cada una de las miles de listas que deben ser presentadas a la consideración de los electores. Ahí es donde el líder, como los buenos toreros, tiene que templar y mandar, las dos cosas a la vez. Y eso no puede conseguirse levitando. Zapatero es un verdadero paradigma de la levitación política. Sonríe siempre pero no hace nada. Promete todo a todo el mundo, pero lo de cumplir es harina de otro costal. Sin salir de León, ha conseguido poner contra él a los mineros y también a los agricultores, con la remolacha amenazada de muerte. Zp levita, pero no es el único. Otro recurso propio de estas épocas el de «cerrar heridas», «pasar página» u otra expresión que signifique lo mismo. No se trata de superar sucesos penosos mediante concesiones mutuas y olvido generoso, no. En realidad el razonamiento es: «yo ya he conseguido lo que quería, así que ahora usted se calla y se aguanta». Dos ejemplos, uno muy antiguo y otro de la semana pasada. Entre los godos, lo normal era eliminar al rey reinante y hacerse elegir rey. Este, desde su llegada, ordenaba pasar página y cerrar filas, pero acababa sufriendo la misma suerte que su antecesor. La pasada semana, la consejera de cultura de Cataluña, al aprobarse en el Senado la ley que consagra el expolio del Archivo de Salamanca, dijo que «ya era hora de cerrar heridas», o sea: «ustedes se aguantan y se callan». El truco lleva más de mil años intentándose sin ningún éxito, porque el atropello nunca puede sustituir a la justicia.

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